Muy recientemente, quizá por las complicaciones de tráfico en mis tránsitos entre el trabajo y la casa, me he vuelto muy consumidor de podcast. Uno de ellos es el de Cracks -muy recomendable en verdad- conducido por un emprendedor y comunicador mexicano que aborda las buenas prácticas y hábitos de personajes muy diversos que muchos podemos adoptar. En un episodio en particular, entrevistaron a un comunicador (no daré el nombre para que lo busquen), que habló sobre la importancia del enfoque. ¿Qué sucede si esto lo llevamos a la función pública?, de eso quiero hablar este martes #DesdeCabina.
Quiero empezar comentando la idea central de este texto: la gestión pública no fracasa por falta de trabajo, fracasa, muchas veces, por falta de enfoque. Los que hemos tenido la oportunidad de estar en la función pública lo podemos entender quizá con un poco más de facilidad, cuando el día a día puede convertirse en una carrera interminable de urgencias: oficios que responder, indicadores que reportar, reuniones que atender, crisis que apagar. Todo parece prioritario. Todo parece inaplazable. Y sin embargo, no todo genera valor.
En organizaciones cuyo propósito es servir -educar, proteger, habilitar oportunidades, garantizar derechos- el liderazgo no se mide por cuánto se hace, sino por dónde se pone la energía colectiva. La verdadera responsabilidad del liderazgo público es distinguir entre lo accesorio y lo esencial. Porque en el sector público, hacer más no siempre significa hacer mejor.
Enfocarse en lo verdaderamente importante implica asumir una verdad incómoda: los recursos siempre son limitados -tiempo, presupuesto, atención, talento- y cada decisión de asignarlos es, en el fondo, una decisión ética. ¿A qué problema le damos prioridad? ¿A quién estamos beneficiando realmente? ¿Qué impacto concreto tendrá esto en la vida de las personas?
El liderazgo público que genera valor no es el que acumula programas, sino el que construye impacto sostenido. No es el que responde a todas las presiones, sino el que sabe decir no cuando algo distrae del propósito central. No es el que busca protagonismo, sino el que fortalece capacidades institucionales que trascienden personas y periodos.
La dispersión es uno de los grandes enemigos del liderazgo público. Se disfraza de hiperactividad, de cumplimiento administrativo, de agendas llenas. Pero detrás de esa actividad constante puede esconderse una organización que pierde de vista para qué existe.
Un líder público efectivo se hace preguntas difíciles de manera constante: ¿Esto resuelve un problema real o solo cumple un procedimiento?, ¿Este proyecto genera valor social o solo valor político?,¿Estamos midiendo lo que importa o solo lo que es fácil de medir?
Cuando el liderazgo logra alinear a la organización alrededor de un propósito claro, el trabajo cambia de naturaleza.
@Jorge_GVR