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2025 fue un gran año en muchos sentidos, logramos muchas cosas que nos propusimos, rompimos una interesante cantidad de paradigmas y sobre todo crecimos como personas, como equipo; y aunque no todo nos salió bien, el balance en su gran mayoría, fue positivo.
Uno de esos positivos fue cuidar mejor nuestro cuerpo, en mi caso —aunque muchos dirán que no se nota—, me ocupé de mi cuerpo de una manera más formal y sobre todo comprometida. Este martes de Reyes de 2026 quiero compartir #DesdeCabina, una analogía sobre un tema apasionante para mi, la aviación, y el cuidar nuestro físico. Empecemos.
En aviación no hay margen para la improvisación. Nadie despega sin revisar instrumentos, combustible, meteorología y plan de vuelo. Nadie serio lo hace, al menos. Y sin embargo, en la vida cotidiana, solemos exigirle al cuerpo lo que jamás le permitiríamos a una aeronave: operar cansado, sin mantenimiento, con alertas encendidas… y aun así pedirle que llegue lejos.
Durante años creí —como muchos— que el cuerpo era un recurso secundario. Algo que se empuja, se fuerza, se corrige después. Primero el trabajo, luego el compromiso, después la agenda… y al final, si sobra tiempo, el descanso. El problema es que el cuerpo no entiende de discursos ni de buenas intenciones. Sólo responde a los hechos.
En cabina, cuando una luz de advertencia aparece, no se tapa con cinta ni se ignora esperando que desaparezca. Se atiende. Se entiende. Se actúa. Porque el costo de no hacerlo nunca es inmediato, pero siempre es acumulativo. Con el cuerpo sucede exactamente lo mismo.
He aprendido —no sin golpes— que cuidarlo no es un acto de vanidad, sino de responsabilidad. Responsabilidad con quienes dependen de uno, con los proyectos en marcha y con el tiempo que todavía queda por volar. El cuerpo es la aeronave. La mente, la cabina. Y la vida, una ruta larga, con tramos de turbulencia inevitables.
Dormir bien no es un lujo; es mantenimiento preventivo. Moverse no es una moda; es conservar la maniobrabilidad. Respirar con conciencia no es una extravagancia; es recuperar control cuando la carga de trabajo aumenta. Ignorar estas verdades es como despegar sabiendo que algo no está bien… confiando en que “la máquina aguante”.
A cierta edad —y con cierta experiencia— uno entiende que no se trata de correr más rápido, sino de llegar más lejos. Que el verdadero rendimiento no está en la velocidad punta, sino en la consistencia. Y que el cuerpo, bien cuidado, no sólo resiste: acompaña.
Cuidarlo implica también saber cuándo no despegar. Decir no. Cancelar. Reprogramar. En aviación, abortar un despegue a tiempo es una decisión profesional, no un fracaso. En la vida, debería ser igual. Escuchar al cuerpo es, muchas veces, la forma más honesta de liderazgo personal.
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