Jorge Gutiérrez de Velasco

El confesionario de la cabina

Cada vuelo termina con una anotación en la bitácora. No importa si el aterrizaje fue perfecto o si el viento cruzado obligó a corregir en el último tramo: el piloto escribe lo que ocurrió, tal como ocurrió. No existe bitácora que solo registre los buenos vuelos. #DesdeCabina he aprendido que ese cuaderno modesto, casi burocrático, es en realidad un acto de valentía cotidiana: nadie obliga a anotar el error, se anota porque se sabe que alguien, en algún momento, volará sobre las mismas condiciones.

Rendir cuentas se parece más a esa bitácora que a un discurso. La literatura sobre el tema, pienso en el trabajo de López Ayllón y Merino, insiste en que el concepto exige tres momentos que rara vez se cumplen juntos: informar, explicar y, finalmente, someterse a una consecuencia. Se puede informar sin explicar. Se puede explicar sin exponerse a nada. Lo que distingue a quien de verdad rinde cuentas es que acepta las tres cosas a la vez, incluso cuando todavía nadie se lo exige.

El sector privado entendió esta lógica antes que el público, aunque suene contraintuitivo. Desde 1999, México construyó códigos voluntarios de gobierno corporativo que empresas y consejos adoptaron sin que una ley los forzara; hoy existen premios anuales al mejor reporte de sostenibilidad, no porque la autoridad lo exija, sino porque la transparencia se convirtió en la forma de construir confianza con inversionistas y colaboradores. Es una rendición de cuentas que no espera la pregunta: se adelanta a ella.

Quien dirige una operación aeroportuaria conoce bien esa disciplina. Cada cifra de tráfico de pasajeros, cada ruta nueva, cada contingencia se documenta, se explica y se comparte con consejos, autoridades y comunidades, no porque llegue una auditoría, sino porque esa costumbre es la que sostiene la licencia social para seguir operando. Es un ejercicio íntimo, casi de cabina, antes de convertirse en boletín público.

Esa misma lógica está aterrizando, literalmente, en el ámbito público de Querétaro. El gobernador de nuestro estado decidió que su Quinto Informe de Actividades no se quedara en un discurso único ante el Congreso: movilizó a cinco mil colaboradores del gobierno estatal para llevar la rendición de cuentas a los dieciocho municipios y dialogar directamente con la ciudadanía. Es el mismo tránsito que describo desde la cabina: de la bitácora personal al informe colectivo, de la cifra íntima al dato compartido, buscando una penetración que ni un evento protocolario ni una publicación en redes sociales alcanzan por sí solos.

Ahí está la moraleja que quiero dejar a quienes me leen esta semana: quien actúa se expone al escrutinio, lo quiera o no. La diferencia entre temerlo y aprovecharlo está en la decisión de anticiparse, en mostrar los aciertos, sí, pero también los avances a medio camino y los retos que aún no se resuelven. Rendir cuentas no es un trámite que se cumple una vez al año desde un templete. Es, como la bitácora de vuelo, un hábito silencioso que se construye vuelo tras vuelo, y que solo tiene sentido si se escribe antes de que alguien lo exija.

@Jorge_GVR

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