Tengo la increíble fortuna de haber visto el nacimiento y evolución -podría decirse que desde la primera fila- de los últimos 20 años del ecosistema que hoy se ha convertido en un caso de estudio en América latina, del clúster aeroespacial de Querétaro, esta zona geográfica y económica del centro bajío de la república mexicana que, en tiempo récord, se convirtió en una de las regiones de manufactura aeroespacial más destacadas en América y el mundo.
En ese trayecto de construcción de políticas públicas estatales y federales, de arrojo empresarial canadiense, francés, español, norteamericano y nacional, entre otros, se fue constituyendo -sin pretenderlo así en un origen- la Ciudad Aeropuerto o Aerotrópolis de Querétaro, como ese espacio que no solo se ha destinado para la transportación aérea de personas o carga, sino como espacio que hoy integra un ecosistema industrial de manufactura aeroespacial, de mantenimiento aeronáutico, de logística y transporte de carga, coordinadamente complementado y soportado por un entorno educativo y de innovación que hoy llaman poderosamente la atención de propios y extraños.
Hablar de más 15 mil empleos gracias a la existencia de más de 80 empresas de manufactura aeroespacial, del mayor centro de mantenimiento de aeronaves de aerolíneas comerciales de México y segundo más grande en América latina, que por sí solo emplea a más de 2 mil 300 personas, contar con instituciones educativas que forman lo mismo a bachilleres, técnicos y egresamos universitarios e investigadores que colaboran incansablemente por impulsar el valor agregado que desde estas latitudes se envía al mundo, se dice muy fácil y rápido, pero como cualquier gran historia, no comienza así.
Hablar de una Ciudad Aeropuerto o Aerotrópolis, como investigadores internacionales (ya platicaremos de ellos posteriormente) denominan a este tipo de ecosistemas empieza con visión de muy largo plazo, una que inició cuando el entonces gobernador del estado de Querétaro, Ing. Ignacio Loyola Vera (1997-2003) proyectara la construcción de un nuevo aeropuerto en las inmediaciones de los municipios del Marqués y Colón, a través de la constitución de un polígono de poco más 688 hectáreas, mediante procesos expropiatorios federales y estatales, es decir, mediante de ejecución de instrumentos de política pública para constituir, en favor del gobierno del estado de Querétaro, los predios que serían la base para la constitución de una empresa pública que, con la suficiente altura de miras se convertiría en la empresa aeroportuaria que habría de recibir el título de concesión (en 2004) que acreditaría al Aeropuerto Intercontinental de Querétaro S.A. de C.V. como la organización encargada de gestionar la operación aérea comercial en el nuevo aeropuerto, trasladando la operación sumamente acotada del hasta entonces aeropuerto de Querétaro, el aeropuerto Fernando Espinoza, limitado en pista, complicado para las aproximaciones y con despegues y aterrizajes desde lo alto de espacios circundados por cañadas.
La visión del nuevo aeropuerto no era otra que dotar al estado y a su creciente economía de infraestructura aeroportuaria que acompañara la evolución de la dinámica estatal y las necesidades de conectividad aérea que eventualmente el estado de Querétaro requeriría. La apuesta rindió frutos inmediatamente. CONTINUARÁ…
@Jorge_GVR























