México es uno de los países más sacudidos por la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. No únicamente por cercanía regional, sino por todo lo que este episodio implica para la relación bilateral con su principal socio comercial y vecino inmediato.
Desde los primeros días de su llegada a la presidencia, Donald Trump fijó el tono. Declaró a los grupos de la delincuencia organizada en México como organizaciones terroristas y los inscribió en su lista de objetivos prioritarios. Al mismo tiempo dirigió la atención hacia Venezuela y el gobierno de Nicolás Maduro. Más tarde formalizó esta orientación con el llamado Corolario Trump a la Doctrina Monroe y avanzó hacia acciones militares directas, incluido el bombardeo de embarcaciones. El paso de los señalamientos a la acción confirma que ya no se trata de discursos ni de advertencias: el gobierno de Trump ha demostrado que está dispuesto a imponer sus intereses políticos y económicos por la fuerza, desde una posición unilateral y abiertamente intervencionista.
El objetivo no se limita a ese país —y sus recursos— sino al mensaje que se envía al resto del hemisferio. Ante este escenario, México reacciona en dos planos. Por un lado, mantiene una postura clara anclada en su tradición diplomática: condena a la intervención militar y apego a los principios de no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias. Por otro lado, es previsible observar señales dirigidas al gobierno estadounidense orientadas a mostrar avances en la política de combate a la delincuencia organizada. Se trata de una fórmula que ya ha sido utilizada para contener las presiones: extradiciones de personas buscadas por ese país, operativos de seguridad de alta visibilidad en territorios en disputa como Sinaloa y el refuerzo de los controles en las fronteras sur y norte. Estas acciones no sustituyen la postura diplomática, pero funcionan como mensajes políticos en una relación bilateral marcada por la presión y la negociación constante.
Además, con la revisión del T-MEC en puerta, la posición de México se vuelve todavía más compleja. El tablero, sin embargo, no está vacío. Ningún otro país tiene una frontera tan extensa y tan integrada con Estados Unidos, y esa frontera es central para su seguridad interior. En una relación atravesada por presiones y asimetrías, México también juega con cartas que pesan. El reto está en saber cuándo mostrarlas y cómo usarlas sin perder margen de decisión.
Académica de la UNAM

