La semana pasada, el IMCO publicó el Índice de Competitividad Regional y la posición de Querétaro, como parte de la región Bajío —ubicada en el tercer lugar a nivel nacional—, fue celebrada por distintos medios locales. De acuerdo con esta evaluación, el estado se inserta en una región con capacidades industriales y de talento relevantes dentro del entramado productivo nacional. No obstante, conviene mantener cierta cautela ante la celebración. El propio índice señala limitaciones que requieren atención, además, existen otros indicadores que desde hace tiempo vienen advirtiendo sobre los retos estructurales que enfrenta la economía queretana. Es posible identificar, al menos, tres conjuntos de desafíos relevantes durante este 2026.

Primero, como se expuso en la columna anterior (Querétaro y los límites del modelo industrial), el dinamismo económico del estado ha descansado durante años en un esquema de especialización manufacturera, fuerte inserción exportadora y atracción sostenida de inversión extranjera. El Índice de Competitividad Regional del IMCO confirma que este modelo conserva fortalezas claras, pero también exhibe señales de agotamiento. El crecimiento económico agregado se ubica en un rango medio, pero la elevada intensidad energética aparece como una limitante estructural. Estos elementos reducen el margen de maniobra del estado en un entorno donde la competitividad exige mayor eficiencia productiva, menor dependencia de insumos costosos y una transición más clara hacia esquemas sostenibles. Se han impulsado algunas iniciativas, pero los resultados aún no son del todo visibles.

Un segundo conjunto de retos se vincula con la exposición de la industria automotriz queretana a un contexto internacional cada vez más incierto. Los nuevos aranceles a productos chinos, la renegociación del T-MEC y el aumento de las tensiones geopolíticas reconfiguran las reglas bajo las cuales operan las cadenas de valor regionales. El modelo industrial del estado depende de manera significativa de insumos importados y de un acceso estable al mercado estadounidense. En este escenario, cualquier modificación en las condiciones comerciales tiende a traducirse en mayores costos, ajustes en la proveeduría y presiones sobre la rentabilidad industrial, en particular en sectores altamente integrados como el automotriz y el aeroespacial.

Finalmente, los retos económicos se entrelazan con desafíos sociales que ya no pueden analizarse como externalidades del crecimiento. La generación de empleo y el dinamismo productivo no siempre se han reflejado en mejoras homogéneas en ingresos, condiciones laborales y acceso a servicios, lo que profundiza brechas territoriales dentro del estado. A ello se suman presiones sobre la vivienda, la movilidad y la infraestructura urbana. Sin una articulación más clara entre política industrial, planeación territorial y cohesión social, los límites del modelo productivo corren el riesgo de traducirse en tensiones sociales persistentes.

Académica de la UNAM

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