Desde distintos espacios nos preguntamos qué podemos hacer para que cada vez más mujeres lleguen a puestos de liderazgo. Para que lleguemos todas. Y es que las mujeres hemos conquistado lugares que quizá nuestras abuelas no alcanzaron a imaginar; sin embargo, los datos muestran que aún tenemos camino por recorrer cuando hablamos de igualdad sustantiva.
El pasado 11 de febrero se celebró el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia y volvimos a presenciar lo que se ha convertido en un ritual anual. Vimos instituciones que, por un día, nombran a científicas, convocan a los medios y reconocen trayectorias que durante el resto del año permanecen en gran medida invisibilizadas. La conmemoración es relevante porque permite mostrar avances y brechas, el problema surge cuando se utiliza para encubrir problemáticas estructurales que no se resolverán con un gesto simbólico una vez al año.
La subrepresentación de las mujeres en la ciencia (de cada 10 personas en este sector sólo 3 son mujeres), así como en espacios de liderazgo en otros ámbitos, tiene raíces históricas y estructurales. Durante décadas, las instituciones han establecido reglas y dinámicas que dificultan la conciliación entre la maternidad y las trayectorias profesionales, colocando a muchas mujeres ante decisiones que no enfrentan en las mismas condiciones sus pares hombres. A ello se agregan barreras culturales que operan desde la infancia, transmitiendo a niñas y adolescentes mensajes explícitos e implícitos sobre qué actividades les corresponden y cuáles no, moldeando intereses, expectativas y horizontes profesionales incluso antes de que puedan elegir con libertad.
Parte de la respuesta también se encuentra en la falta de representación. Las niñas requieren referentes que les permitan imaginarse en esos espacios, que despierten en ellas el deseo de trascender y de contribuir a mejorar sus comunidades y la sociedad en su conjunto. Esto es relevante cuando pensamos en la justicia y en la igualdad, pero también cuando reconocemos que la mirada de las mujeres resulta necesaria para ampliar las preguntas, diversificar las soluciones y enriquecer la producción de conocimiento en todos los campos.
En sus libros de texto, las niñas y los niños deben encontrarse con las mujeres que han hecho historia en la ciencia, en la política, en las artes y en cada ámbito del conocimiento. El debate reciente sobre su incorporación en los libros remite a una discusión de fondo sobre memoria pública y justicia. La salida del anterior director de Materiales Educativos de la SEP ocurrió en este contexto de exigencias por revisar omisiones históricas.
Tal como señaló la presidenta Claudia, se debe reconocer en los libros de texto a las mujeres que construyeron este país. Aquí conviene subrayar un punto: debe incluirse a quienes participaron en conflictos bélicos históricos, pero también a las científicas, a las mujeres que construyen paz desde el activismo, a las que cuidan los bosques, a las mujeres indígenas que defienden la supervivencia de su comunidad y que sus tradiciones no desaparezcan, a quienes enfrentan la corrupción, acompañan a otras en los juzgados desafiando la omisión de las autoridades y combaten la impunidad. Solo así podremos afirmar que todas estamos representadas en los libros de texto, si se incluye también a las incómodas e invisibilizadas.
Académica de la UNAM