La semana pasada Jamieson Greer, representante comercial de los Estados Unidos, anunció la implementación del Plan de Acción de Minerales Críticos entre México y ese país. Se trata de un acuerdo que pretende coordinar políticas para garantizar un acceso seguro a recursos minerales clave para la industria tecnológica y de la defensa.
Para comprender esto mejor, debemos considerar que minerales como el litio, el cobre o el grafito, son fundamentales para nuestro vecino del norte en su rivalidad comercial con China. El gobierno estadounidense busca mantener su influencia y su posición de liderazgo regional, asegurando que sus cadenas de suministro de minerales - incluso las posibles o futuras- no queden vulnerables a ante las presiones de sus competidores.
México, por su parte, ha identificado zonas ricas en estos minerales, pero enfrenta desafíos significativos: infraestructura costosa, falta de exploración y un entorno minero marcado por tensiones ambientales, problemas de equidad, limitaciones a la inversión y la creciente presencia de grupos delictivos.
Un caso reciente que ilustra estos retos es la desaparición de diez personas en una mina canadiense en Sinaloa, lo que ha llevado a los medios internacionales a prestar atención a la ocupación de estas zonas por la delincuencia, grupos que, además hay que decirlo, tienen antecedentes por mantener acuerdos comerciales con agentes chinos para el intercambio de insumos necesarios en la producción de fentanilo y para el tráfico ilegal de fauna.
Todo lo anterior cobra especial relevancia en el momento político en que se anuncia este acuerdo. El plan se negocia en un contexto de alta tensión bilateral con un presidente Donald Trump que activó su corolario de la Doctrina Monroe e incorporó de manera explícita a México dentro de su estrategia de seguridad interna. Esto con el objetivo de evitar la presencia de intereses de otras potencias en un territorio con el que comparte la frontera más extensa y porosa de su sistema de seguridad.
El acuerdo sobre minerales críticos puede leerse como parte de las cartas que México está colocando sobre la mesa en la renegociación del T-MEC, en un entorno donde seguridad, economía y geopolítica se entrelazan cada vez más, y que, desde mi perspectiva, el país está moviendo con cierta habilidad.

