Este mes comenzaron las mesas formales de negociación del T-MEC, y en la agenda se plantean temas que son fundamentales para la industria en Querétaro, como los aranceles al acero y las reglas de origen en la industria automotriz. Y aunque las declaraciones de Trump generan nervosismo, una ruptura es poco probable: debemos considerar las fortalezas de la interdependencia en el comercio y la integración industrial en ambos países, las cuales son relaciones que se construyen desde los capitales privados y por cuyas venas corren millones de dólares. No obstante, tampoco podemos caer en un optimismo simplista, el presidente de los EU ha mostrado en diversas ocasiones que no podemos echar en saco roto sus provocaciones, por tal la renegociación también plantea aspectos que requieren atención.
Las presiones de Trump ya han comenzado a reflejarse en el comportamiento de la industria en Querétaro. Durante los últimos trimestres se observa una moderación en su crecimiento. Este proceso también responde a factores locales y regionales, vinculados con la dinámica del Bajío y con una fase de maduración industrial (que ya he analizado en otros textos en este espacio), sin embargo, no podemos ignorar cómo el entorno internacional ha añadido un componente adicional de incertidumbre. La narrativa y el discurso político ha incidido en las decisiones empresariales, particularmente en lo que respecta a la reinversión, estas tienen que ver con la planeación de mediano y largo plazo: la apertura de nuevas plantas y la expansión de capacidades productivas. En ese nivel, aunque la incertidumbre no se traduce en salidas abruptas, si se presentan pausas, ajustes y postergaciones.
Aunque la posición del gobierno mexicano ha sido clara (evitar que la agenda de seguridad se imponga sobre la agenda económica), lo cierto es que este tema seguirá presente. La presión de Estados Unidos para fortalecer los mecanismos de cooperación en seguridad no solo continuará, sino que podría intensificarse. Diversos medios en Estados Unidos, junto con reportes del Congressional Research Service, han expresado preocupaciones empresariales sobre las condiciones de seguridad en México. Si bien las empresas (nacionales, extranjeras y de capital mixto) han incorporado estos riesgos en sus costos y procesos operativos, en algunas regiones la situación ha escalado, como en el caso de la industria minera en zonas en disputa. Esto ha reactivado presiones para que México profundice los acuerdos de cooperación en seguridad, incluyendo una mayor participación de agencias estadounidenses en territorio nacional, lo que abre un debate relevante sobre sus implicaciones para la soberanía y para una relación bilateral que ya enfrenta tensiones.
Para concluir, podemos anotar que la integración de América del Norte ha demostrado una capacidad notable para mantenerse incluso bajo tensión, pero esa continuidad no implica neutralidad. Se está configurando un entorno donde las decisiones públicas y empresariales se toman dentro de restricciones cada vez más visibles: reglas comerciales más exigentes, presiones políticas que utilizan la seguridad como herramienta de negociación y costos operativos asociados a contextos locales complejos. Así, los márgenes de decisión no desaparecen, pero sí se reconfiguran: se vuelven más estrechos, más estratégicos y más dependientes de factores que trascienden lo local. Entender esa nueva lógica es central para anticipar el rumbo de economías como la de Querétaro. Quienes aspiran a la gubernatura, así como las cámaras empresariales, entre otros actores, tienen frente a sí la necesidad de incorporar estas condiciones en sus diagnósticos y en la forma en que proyectan el desarrollo del estado.
Académica de la UNAM
























