Iliana Padilla

El derecho de los jóvenes a la ciudad

París vuelve a aparecer en las noticias internacionales debido a las manifestaciones. Las imágenes que circulan muestran disturbios y a personas adultas protestando contra las decisiones del gobierno francés. Sin embargo, tenemos que poner atención en algo más: este movimiento, en realidad, comenzó en los bachilleratos de la periferia parisina, impulsado por adolescentes que reclaman los límites que enfrentan al tratar de acceder a mayores oportunidades. Su protesta está en la promesa no cumplida: igualdad, libertad y fraternidad.

Los jóvenes reclaman mejores condiciones educativas y mayores oportunidades para su futuro. Y quizá ahí se encuentra una de las discusiones más importantes que estas manifestaciones nos ofrecen: las desigualdades que enfrentan las personas jóvenes dependiendo del lugar de la ciudad en el que les tocó vivir.

Las primeras protestas comenzaron en septiembre, cuando estudiantes de distintos bachilleratos cuestionaron un sistema educativo que les exige cada vez más dedicación y mejores resultados para competir por los limitados lugares en las universidades, mientras crece la incertidumbre sobre las oportunidades que tendrán al concluir sus estudios. Además, las y los jóvenes denunciaron estar compitiendo en un sistema injusto, donde estudiantes en mejores situaciones económicas se llevan los mejores lugares.

Por supuesto, conforme fue avanzando su movimiento se unieron otras causas, y otros grupos, aprovechando la causa legítima.

No obstante, para comprender esta inconformidad hay que observar las desigualdades territoriales. Y

esta discusión tiene una historia importante en París. En 1968, el filósofo y sociólogo Henri Lefebvre publicó El derecho a la ciudad, una obra que cuestionaba la manera en que el desarrollo urbano reproducía las desigualdades sociales y limitaba la participación de quienes habitaban las ciudades. Lefebvre era profesor de la Universidad de Nanterre, precisamente donde comenzaron las movilizaciones estudiantiles que después se extendieron a la Sorbona, a las calles de París y a una protesta social de alcance nacional. Aquel mayo francés formó parte de una oleada de movimientos juveniles que cuestionaron las estructuras políticas y sociales en distintos países, incluido México, aunque cada movimiento respondió a sus propias circunstancias.

Lo que planteaba Lefebvre era que el derecho a la ciudad comprendía mucho más que habitar un espacio urbano o tener acceso a sus servicios. Implicaba la posibilidad de apropiarse de la ciudad, participar en las decisiones sobre su organización y transformar las condiciones de la vida cotidiana. Desde esta perspectiva, las demandas de las juventudes parisinas adquieren otro significado. Están cuestionando las condiciones bajo las cuales pueden estudiar, desplazarse, convivir y construir su futuro dentro de una ciudad que ofrece oportunidades muy desiguales.

Pienso en lo que ocurre en México, donde nuestras ciudades también han crecido reproduciendo grandes diferencias en el acceso a las oportunidades. Para miles de jóvenes, vivir en las periferias significa realizar largos desplazamientos para llegar a la escuela o al trabajo, disponer de menos espacios culturales y recreativos, y enfrentar condiciones de inseguridad que restringen su movilidad. El problema es todavía mayor en localidades rurales donde la oferta educativa disminuye conforme se avanza de nivel. Un diagnóstico publicado por el CONEVAL en 2024 encontró que, entre quienes cursaban estudios superiores, apenas una de cada diez personas en localidades rurales llegaba a su institución educativa en menos de quince minutos, proporción que aumentaba a dos de cada diez en el ámbito urbano.

En México hemos desarrollado programas importantes de becas y apoyos económicos para estudiantes y personas jóvenes. Estos instrumentos contribuyen a atender necesidades materiales y ampliar las posibilidades de permanencia escolar. Sin embargo, las desigualdades que enfrentan las juventudes requieren una mirada más amplia. Una beca representa un apoyo, pero las oportunidades de una persona también dependen de la calidad de la escuela a la que asiste, del tiempo que dedica a trasladarse, de las condiciones de seguridad de su colonia y de los espacios que encuentra para convivir y participar. Estos son grandes pendientes para los gobiernos locales. Querétaro no es la excepción.

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