En los últimos meses, el proyecto del tren México–Querétaro ha vuelto a colocarse en el centro del debate público. Como representante popular, pero también como queretano, he escuchado con atención las inquietudes de la ciudadanía: las obras, el tráfico, los tiempos, las molestias cotidianas. Sería irresponsable negarlas. Existen, se sienten y afectan.

Sin embargo, también sería un error quedarnos únicamente en la incomodidad del presente, sin dimensionar la magnitud del futuro que estamos construyendo.

El tren México–Querétaro no es una obra menor. Es un proyecto estratégico que busca transformar la movilidad en el centro del país, detonar el desarrollo económico regional y ofrecer una alternativa moderna, segura y sustentable de transporte. Estamos hablando de conectividad, de inversión, de empleos, de oportunidades para miles de familias.

A largo plazo, este proyecto tiene el potencial de reducir tiempos de traslado de manera significativa, impulsar el turismo, facilitar el comercio y fortalecer la competitividad de Querétaro como uno de los polos de desarrollo más importantes del país. No es solamente un tren: es una visión de futuro.

Pero en medio de este proceso, preocupa ver cómo desde lo local se intenta deslindar responsabilidades. Se insiste en señalar que las molestias son atribuibles exclusivamente al Gobierno Federal, como si el desarrollo pudiera construirse desde una sola trinchera, como si los beneficios pudieran disfrutarse sin asumir también los costos del proceso.

Esa narrativa, además de limitada, es injusta.

Porque si algo queda claro en proyectos de esta magnitud, es que requieren coordinación, voluntad política y corresponsabilidad entre todos los niveles de gobierno. No se vale lavarse las manos cuando hay complicaciones, pero sí estar listos para colgarse de los logros cuando el proyecto rinda frutos.

Querétaro merece altura de miras. Merece un diálogo serio, maduro, en el que se reconozcan tanto los desafíos como las oportunidades. Las molestias actuales deben atenderse, sí, pero también deben explicarse, gestionarse y, sobre todo, asumirse como parte de una transformación mayor.

Desde el ámbito federal se ha apostado por impulsar proyectos que reduzcan desigualdades y acerquen oportunidades a más regiones del país. El tren México–Querétaro es un ejemplo de ello.

Hoy más que nunca necesitamos dejar de lado las posturas políticas cortoplacistas y apostar por una visión de Estado. Una en la que se entienda que el desarrollo no tiene colores partidistas, pero sí exige responsabilidad compartida.

Porque al final, cuando el tren esté en marcha, cuando los beneficios sean tangibles y cuando Querétaro consolide aún más su crecimiento, ya no habrá espacio para repartir culpas. Solo quedará claro quién estuvo a la altura… y quién decidió quedarse al margen.

Yo tengo claro de qué lado estoy: del lado de las soluciones, del lado del futuro, del lado de Querétaro y su Transformación.

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