La advertencia de la Agencia Federal de Aviación de Estados Unidos, de posible actividad militar en el espacio aéreo del Golfo de Cortés, del sureste de México, Centro y Sudamérica, durante dos meses, hecha el pasado viernes; y el vuelo de un avión de reconocimiento e inteligencia P-8 Poseidón, antier sábado; son anuncios de que el gobierno de Donald Trump está escalando la presión a Claudia Sheinbaum para que entregue a líderes de cárteles de la droga.
El escalamiento ha pasado de lo declarativo sobre la bondad de la presidente, de su miedo a los cárteles, y de que estos gobiernan México; a definir que —con ella o sin ella, según parece— están dispuestos a decapitar a los cárteles (terroristas) que amenazan su seguridad nacional y castigar a narcopolíticos que los apoyan.
La amenaza de acciones militares unilaterales presiona al gobierno de Sheinbaum a definir sus lealtades: los intereses de Trump, o seguir protegiendo a morenistas, a cualquier precio, y sus vínculos con cárteles.
Es importante distinguir lo acontecido en Venezuela con lo que pudiera suceder en México, porque los objetivos de Trump son diferentes: migración, eliminación de cárteles, castigo a narcopolíticos y cortar el apoyo de la 4t a la dictadura cubana.
Mientras Trump presiona a Sheinbaum para que entregue a narcopolíticos y profundice la lucha contra los cárteles, ésta busca ganar tiempo y no tocar a destacados morenistas presuntamente vinculados con ellos, gestionando el tema bajo el argumento de que no emprenderá una guerra fallida como la de Calderón, ni permitirá violaciones a la soberanía, que se traduce en protección a los capos de la droga y narcopolíticos exigidos por Trump.
Derrocar a Morena no es prioridad de Trump: públicamente no ha cuestionado su ideología, sus acciones para destruir la democracia, la toma del poder judicial, el fraude electoral, ni la futura reforma electoral que garantizará a Morena su permanencia en el poder.
Trump requiere en México un gobernante funcional, quien —independientemente de su filiación política— opere los temas estratégicos: en primer término, para su reelección; y, segundo, el fortalecimiento del bloque económico que escogió en la repartición del mundo.
Las tácticas dilatorias de Sheinbaum para entregar personajes exigidos por EU, serían infructuosas si Trump lleva a cabo acciones militares unilaterales para extraerlos o “neutralizarlos” como parte de su plan para recuperar la confianza de sus electores. De no hacerlo, su proyecto podría ser frenado por los demócratas en el Congreso. El problema para Sheinbaum es el costo electoral de reconocer que los más importantes de ellos son morenistas y han financiado a su partido.
A pesar de que en privado, se dice, Sheinbaum ya aceptó la presencia de la CIA, DEA y personal militar en nuestro país; y la intervención de los comandos Norte y Sur en la designación de nuevos funcionarios en las secretarías de Defensa y de Marina, como condición “para recuperar la confianza en esas dependencias”, mantiene su resistencia a entregar la cabeza de importantes morenistas, para no afectar la relación con AMLO y la estabilidad de su gobierno.
Sheinbaum intenta mostrar fuerza frente a Trump con un discurso de soberanía y nacionalismo que, evidentemente, no será suficiente porque esconde cierta reticencia a una colaboración más amplia y eficaz en contra del crimen organizado que, como se recuerda, creció exponencialmente bajo la presidencia de Andrés Manuel López Obrador y su falaz estrategia “abrazos, no balazos” que tuvo como resultado más de 250 mil muertos y desaparecidos, siendo el gobierno más violento de la historia de este país.
Aunque parece inevitable la entrega de narcopolíticos, la apuesta de la 4t es a dosificar el número, la calidad y el nivel de los mismos.
Queda claro que Trump va por narcos y políticos, y no necesariamente contra la 4t, su ideología o su modelo de gobierno.
Periodista y maestro
en seguridad nacional