El posible regreso de AMLO a la vida pública (aunque no ha dejado de hacer política) sería, supuestamente, para organizar la resistencia política y social contra EUA, motivado por las tensiones generadas por la negativa de Sheinbaum a entregar a políticos morenistas solicitados con fines de extradición; la cancelación de la visa a su hijo Andy; la expulsión de Argentina del ex contralmirante Fernando Farías Laguna, a quien -contra el debido proceso-, la Fiscalía interrogó en secreto durante 18 horas, y que podría confirmar los vínculos de Andy con el Huachicol fiscal; y, el conflicto intra morenista por el inesperado retorno de Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa (el sábado volvió a pedir licencia). Hay quienes creen que AMLO llevaría al país a una colisión frontal con el gobierno de Trump para disuadirlo de no extraditar a presuntos narco-políticos morenistas.
Envalentonado, y pasando por encima de la presidente, AMLO organizaría su estructura defensiva (morenistas y beneficiarios de programas sociales) sin importarle los costos políticos, económicos, comerciales, diplomáticos, y hasta militares, para el país.
Es claro que para el expresidente la revocación del visado a Andy, su hijo y operador político durante su mandato, es una clara presión política porque, como dijo su hermano “Pepín” López Obrador: "al que quieren no es al chico, sino al grande".
Fue precisamente esta lógica la que llevó a Sheinbaum a convertir perversamente el tono de un conflicto personal de un ciudadano (Andy) a un asunto de soberanía nacional y de embestida de la “ultraderecha internacional”; y de allí, al Estados Unidos “quiere muerto” o “acabado” a AMLO, de la senadora con licencia Ana Lilia Rivera; y a la advertencia de Fernández Noroña: “si se atreven a tocar al expresidente López Obrador, se provocaría un levantamiento popular y el pueblo saldría masivamente a las calles para defender la soberanía nacional y la figura del exmandatario”.
Sheinbaum se encuentra en una encrucijada: proteger los intereses del país, o los de su jefe y mentor, y de sus cercanos (Cártel Tabasco); entregar corruptos al gobierno de Trump, o negociar la entrega de los sectores que interesan al gobierno de EE. UU., y con ello dar impunidad a los morenistas. El estrés al que somete Sheinbaum a su mandato le resta gobernabilidad, particularmente al asemejar los intereses de la nación con los de AMLO y su partido político.
Este gobierno manipula lo legal y justo con los propósitos de la 4t. Y, peor aún, comete un despropósito al apelar a la soberanía nacional -versión alterna del “másiosare un extraño enemigo”- para “defender” al junior, ya que no existe un derecho internacional a obtener o conservar una visa. Es concesión discrecional de un país a un extranjero. Andy no es servidor público, no ostenta cargo diplomático, ni representa al Estado o a la sociedad mexicana. Es un ciudadano más.
Sin embargo, el uso de esa narrativa le permite movilizar y cohesionar a sus bases, a la vez que dar una muestra de músculo político; pretender negociar con su contraparte desde una retórica de “dignidad”, pero sin romper drásticamente.
La pretendida movilización nacional para defender a una camarilla de corruptos expone la catadura moral de la cúpula morenista y del dueño del movimiento: nos les interesa hundir al país con tal de conservar el poder y no pagar las consecuencias de sus corruptelas. EE. UU. los pretende juzgar no por sus pillerías en México, sino por estar involucrado en actos de corrupción que dañan a su país.
La incompetencia y parcialidad del aparato de justicia morenista impide constatar la veracidad o falsedad de las acusaciones, pero sí garantiza encubrir a morenistas corruptos.
Mientras las protestas de Morena sean en México, a los vecinos no les afecta. El daño es para Sheinbaum, cuya autoridad sería ninguneada -otra vez- por su codependencia y el poder AMLO. ¿A eso regresaría AMLO?, ¿o es que pretende ampliar su influencia en el poder?