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Un nuevo fantasma recorre el mundo, el fantasma de la indómita y disruptiva Generación Z (Gen Z), que a su paso transforma los campos político, social y religioso; se rebela contra la dictadura de lo políticamente correcto (wokismo); las autocracias populistas -marxista y neoliberal-; la indiferencia religiosa, expresando públicamente su fe; asume un papel protagónico en las redes sociales; y llena los vacíos de las generaciones precedentes involucrándose en la atención de los conflictos actuales de la humanidad.
Según sociólogos, el perfil pragmático de Gen Z se ha ido troquelando en crisis como el cambio climático, la pandemia de Covid 19, la opresión de las autocracias autoritarias, el relativismo, nihilismo, ateísmo y hedonismo que doblegaron a las generaciones anteriores a través del feminismo radical, la ideología de género y la dictadura woke. Su búsqueda de la verdad y el orden la han hecho despertar a la fe religiosa cristiana, abandonada por otras generaciones, especialmente los millennials. En Europa, desde 2018, se registra un incremento del 50% en la asistencia a misas, y retoman el matrimonio religioso como compromiso de vida.
A partir del 2020, el mundo ha sido testigo de este terremoto juvenil —“youthquake”— que va más allá de la participación de los jóvenes en política: están rediseñando la forma de gobernar, eliminando la opacidad gubernamental con transparencia y máxima información verificable, apelando a valores y a la ética en la gobernanza, e impidiendo el control y la censura de las redes sociales.
Su participación ha sido determinante en las transiciones políticas de regímenes autoritarios en Bangladesh (2024), donde desde la calle acabaron con 15 años de poder de una dinastía; Madagascar (2025), la “Revolución de la Transparencia”, la lucha contra la explotación de recursos naturales y la corrupción endémica logró el exilio de un presidente; Kenia (2024-2025), con el lema “Sin líderes, sin tribus, sin miedo”, las manifestaciones frenaron el alza de impuestos y la brutalidad policiaca; Corea del Sur (2024-2025), frenaron el intento de ley marcial y obligaron a celebrar nuevas elecciones.
En Bangladesh, el bloqueo gubernamental a internet propició el uso de redes locales para coordinar “marchas de justicia”. En Kenia, el uso de TikTok y X no solo movilizó, sino educó a la población —se tradujo la ley a lenguas locales para su comprensión— y se hicieron públicos los teléfonos de autoridades para hacerles saber cómo debían votar. En Corea del Sur, el decreto que prohibía la actividad política y mediática fue respondido con la transmisión en vivo de la toma de tropas del Parlamento; y, en Madagascar, difundieron pruebas de corrupción que el gobierno no pudo censurar.
En México, la “marcha del hartazgo” del 15 de noviembre —por el clima de inseguridad, injustica y corrupción auspiciados por Morena—, fue infiltrada por el Bloque Negro (pagado por la 4t) ,y fuertemente reprimida por granaderos de la Ciudad de México.
El pasado 31 de enero y 1 de febrero, en Silao, Guanajuato, se celebró el Cubi 2026, con el ascenso de más de 70 mil jóvenes al Cerro del Cubilete, convocada por el Movimiento Católico Testimonio y Esperanza (desde hace 51 años) rompiendo récords de asistencia, lo que genera expectativas positivas sobre el retorno de los jóvenes al plano religioso. Aunque este evento solo tuvo cobertura mediática, mayoritariamente local, las casi 3,300 imágenes y videos lograron más de 6.5 millones de visualizaciones y más de 543 mil interacciones (295 mil en Tik Tok).
Para quienes vivimos la “Marea Rosa” (2023-2024) —donde había pocos jóvenes—, nos alienta saber que a quienes en unos años les tocará gobernar al país, comienzan a participar en política; y que los valores humanos, morales y éticos son el eje de sus exigencias públicas.
El mérito de GEN Z ha sido actuar y motivar a otras generaciones a participar. Malas noticias para la 4t: no son controlables, ni con programas sociales.
Periodista y maestro en seguridad nacional
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