La democracia necesita auténticos legisladores que estudien, analicen, propongan y debatan las leyes; que vigilen al Poder Ejecutivo y, cuando sea necesario, cuestionen sus decisiones y frenen sus abusos. En otras palabras: El Poder Legislativo debiera ser un contrapeso al Poder Ejecutivo y no su sirviente.

La democracia no necesita diputados que renuncien a su criterio y al debate interno serio, informado y con argumentos, para convertirse entonces en obedientes ejecutores de las instrucciones de sus dirigentes partidistas. Renuncia cuyas consecuencias se agravan cuando se trata de diputados del partido oficial que hacen mayoría calificada.

Hace unos días Ricardo Monreal, actual coordinador de los diputados de Morena, anunció que entre 130 y 150 integrantes de su bancada aspiran a reelegirse en 2027. Es decir, más de la mitad pretende permanecer otros tres años en la Cámara de Diputados.

La noticia nos lleva a preguntarnos: ¿Esos diputados que se quieren reelegir son auténticos legisladores o simplemente están buscando refrendar una beca de lujo o la protección del fuero a sus tropelías?

Una somera evaluación nos indica que no son auténticos legisladores ya que pareciera no han cumplido ni siquiera mediocremente con sus obligaciones legislativas. Checa tu estimado lector:

En la Cámara de Diputados se registran, en promedio, apenas tres ausencias al pasar lista, pero 48 al momento de votar. ¿Qué sucede entre ambos momentos? ¿Se conectan, registran su asistencia y después abandonan sus responsabilidades?

La productividad legislativa tampoco ofrece motivos para la complacencia. Hasta agosto de 2026 se habían registrado 6,767 iniciativas, de las cuales apenas 227 habían sido aprobadas y turnadas al Ejecutivo o a las legislaturas locales (es de mencionarse que un diputado puede presentar una iniciativa de ley -que sabe no será aprobada- solo para quedar bien con una parte de su electorado). Es importante tener presente que miles de iniciativas permanecían sin concluir su trámite -atoradas en comisiones- ya que a la mayoría morenista o no les da la gana debatir para aprobarlas o rechazarlas o simplemente el Poder Ejecutivo no se los permite.

Pero eso sí, salvo alguna excepción, la mayoría oficial aprueba -sin moverle una coma- y a la brevedad aquello que presenta la presidenta.

Cuando la reelección depende de encuestas que miden popularidad y no de evaluaciones del desempeño legislativo, el incentivo es perverso: resulta más rentable promover la propia imagen y la del partido que estudiar leyes, debatirlas y vigilar al Ejecutivo.

Por ello, propongo que los ciudadanos exijamos a cada diputado que aspire a reelegirse cuentas claras de su desempeño: asistencia, participación en debates, iniciativas, trabajo en comisiones y sentido de sus votos. Quien no pueda acreditar resultados legislativos, no merece continuar.

México necesita legisladores que representen a los ciudadanos, no promotores electorales que cobren como diputados.

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