Maestra en Ciencias de Enfermería. Docente investigadora de la Facultad de Enfermería de la Universidad Autónoma de Querétaro.
En la formación de profesionales de la salud, una materia reprobada suele leerse como un asunto que compete solo al estudiante. Vista de cerca es, sobre todo, información. Y llega temprano.
Durante 2024 preguntamos a 49 estudiantes y egresados de un programa de licenciatura en Enfermería del estado, todos con al menos una materia reprobada, por qué había ocurrido. La causa más mencionada fue la carga académica: cuatro de cada diez. Después, los problemas familiares: uno de cada cuatro. Los económicos, apenas uno.
Pero el hallazgo que más invita a la reflexión no es ninguno de esos. Dos de cada tres sabían que su institución ofrece apoyo para mejorar el desempeño académico, y en esa misma proporción señalaron no haber llegado a recibirlo. El recurso existe y es conocido; lo que sigue siendo amplia es la distancia entre tenerlo y usarlo. Ahí hay una oportunidad que no exige crear nada nuevo.
Hay una explicación cómoda para la reprobación: faltan recursos. Los datos no la sostienen. Ocho de cada diez consideran adecuados los espacios y el equipamiento con los que estudian. Tres de cada cuatro están conformes con que la carrera dure diez semestres. Lo que señalan es otra cosa: casi la mitad percibe que las estrategias de enseñanza podrían mejorar, y pide clases más didácticas y más retroalimentación. Cuando les preguntamos qué haría falta para evitar la reprobación, no pidieron obras ni un plan de estudios distinto. Pidieron motivación y una mejor relación con sus profesores.
Ese hallazgo nos interpela a quienes damos clase. Y es, a la vez, una buena noticia: son aspectos que sí están a nuestro alcance.
Conviene decir algo más sobre la carga académica. Solo el 16 por ciento de los estudiantes dedica más de hora y media diaria al estudio por su cuenta. La carga se vuelve pesada cuando coincide con hábitos de estudio poco consolidados y con clases que dejan poco espacio a la retroalimentación. Más que un problema de plan de estudios, parece uno de acompañamiento.
La reprobación tampoco se reparte al azar: se concentra en unas cuantas asignaturas, casi todas de fundamento biomédico y de práctica clínica. Eso permite algo concreto. No hace falta reformar una carrera para mover el indicador: basta con que la primera materia reprobada active a tiempo el acompañamiento que ya existe, y con orientar la formación docente en retroalimentación hacia esas asignaturas.
Y hay una razón para no dejarlo pasar. La Organización Mundial de la Salud estima que en 2030 seguirán faltando 4.1 millones de enfermeras en el mundo. México no está fuera de esa cuenta. Cada estudiante que se queda en el camino no es solo una trayectoria rota: es un profesional que un hospital de Querétaro no va a tener.
Reprobar no debería ser el final de nada. Pero cuando esa primera señal no encuentra respuesta, la siguiente suele llegar sola, y después la baja. Atenderla a tiempo, con una conversación o un acompañamiento oportuno, cuesta mucho menos que volver a formar a quien ya se fue.
Notas para la redacción