La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) no es únicamente una negociación comercial. Es, en realidad, una discusión sobre el lugar que México quiere ocupar en el mundo durante las próximas décadas.
Las declaraciones recientes del presidente estadounidense Donald Trump, quien volvió a cuestionar la continuidad del acuerdo, reabren un dilema que acompaña al país desde hace más de treinta años: ¿seguir apostando casi exclusivamente por Estados Unidos o construir una política económica y geopolítica más diversificada?
La relación comercial actual es resultado de una integración profunda iniciada con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994. Sus efectos son indiscutibles. México multiplicó sus exportaciones, se consolidó como una potencia manufacturera y desarrolló cadenas productivas estrechamente vinculadas con Estados Unidos y Canadá. Sectores como el automotriz, electrónico y aeroespacial crecieron gracias al acceso preferencial al mercado más grande del mundo.
Sin embargo, los beneficios nunca fueron uniformes. El crecimiento económico nacional ha sido menor al que prometían los defensores originales del tratado. La productividad aumentó en sectores exportadores, pero amplias regiones del país permanecieron rezagadas. Además, la economía mexicana se volvió extraordinariamente dependiente de un solo destino: alrededor del 80% de las exportaciones siguen dirigidas a Estados Unidos.
Esa dependencia tiene costos políticos. Cada cambio de administración en Washington puede alterar las reglas del juego para millones de empresas y trabajadores mexicanos. La llegada de Trump a la presidencia ya provocó una transformación profunda cuando decidió enterrar el TLCAN y sustituirlo por el T-MEC. Hoy, apenas unos años después, vuelve a insinuar que el acuerdo podría no renovarse o modificarse sustancialmente.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha defendido la permanencia del tratado argumentando que beneficia a los tres países y fortalece a América del Norte frente a la competencia china. El razonamiento tiene sustento. Las cadenas de valor regionales hacen que la fabricación de un automóvil, por ejemplo, dependa de componentes producidos en distintos puntos de la región. Romper esa integración elevaría costos y afectaría empleos tanto en México como en Estados Unidos.
Pero la coyuntura también obliga a plantear una pregunta distinta. ¿Debe México definir su política exterior y comercial únicamente a partir de los intereses estratégicos estadounidenses? La creciente rivalidad entre Washington y Pekín presiona a numerosos países a tomar partido.
Estados Unidos busca consolidar bloques económicos y tecnológicos que limiten la influencia china. México, por su ubicación y nivel de integración, se encuentra en el centro de esa disputa.
La respuesta probablemente no sea elegir entre uno u otro. Estados Unidos seguirá siendo el socio económico indispensable de México durante muchos años.
Pero depender exclusivamente de una relación que periódicamente entra en crisis también limita el margen de maniobra nacional. La verdadera discusión consiste en encontrar un equilibrio: preservar los beneficios de la integración norteamericana sin renunciar a diversificar mercados, inversiones y alianzas.
La revisión del T-MEC ofrece una oportunidad para resolver un viejo dilema. No se trata de abandonar a Estados Unidos ni de sustituirlo por China. Se trata de definir hasta dónde México quiere seguir reaccionando a las decisiones de Washington y hasta dónde está dispuesto a construir una estrategia propia en un mundo cada vez más multipolar.