Donald Trump ha convertido la incertidumbre en un instrumento de poder. No necesita romper el T-MEC para obtener ventajas; le basta con mantener viva la amenaza de hacerlo.
Cada declaración que descalifica el tratado, cada advertencia sobre nuevos aranceles o restricciones comerciales y cada insinuación de que Estados Unidos puede prescindir de México forman parte de una estrategia de negociación que busca colocar a sus socios a la defensiva antes de sentarse a la mesa.
La revisión del T-MEC este 2026 ilustra perfectamente esa lógica. Si los tres países no acuerdan extender la vigencia del tratado por otros 16 años, el mecanismo prevé revisiones periódicas hasta 2036.
En términos jurídicos es una disposición neutral, pero en manos de Trump puede convertirse en un ritual anual de presión política. No se trata de cancelar el acuerdo, sino de mantener abierta la posibilidad de hacerlo para obligar a negociar bajo un ambiente permanente de incertidumbre.
Ese clima afecta mucho más que a los gobiernos. También influye en las decisiones de inversión, en los mercados y en las empresas que necesitan reglas estables para planear el largo plazo. Afecta especialmente a México cuyo modelo económico depende fuertemente de la captación de inversiones.
Frente a ese escenario, resulta simplista atribuir el resultado exclusivamente a la capacidad o incapacidad de la presidenta Claudia Sheinbaum.
México puede negociar, proponer y construir alianzas, pero no puede decidir por Washington. La eventual falta de una renovación plena del tratado dependerá, en buena medida, de una estrategia política diseñada desde la Casa Blanca, donde el comercio ha dejado de ser únicamente un asunto económico para convertirse en una herramienta de poder.
Eso, sin embargo, no ha impedido que algunos partidos de oposición intenten presentar cualquier desenlace distinto a la renovación automática como un fracaso exclusivo del gobierno mexicano.
La crítica política es legítima y forma parte de cualquier democracia, pero otra cosa es construir una narrativa que ignora deliberadamente la enorme asimetría entre ambos países para obtener una ventaja electoral inmediata.
La política exterior exige una mirada más amplia que la lógica del beneficio partidista. México enfrenta un interlocutor que busca gobernar mediante la presión constante.
Ante esa realidad, el reto no consiste únicamente en negociar con firmeza, sino también en evitar que la polarización interna debilite la posición del país. Cuando la mezquindad política sustituye al análisis, el único ganador suele ser quien diseñó la estrategia del desgaste desde el principio.