Gabriel Morales

México frente a Trump: ni sumisión ni ruptura

Por más estridente haya sido el primer año del segundo periodo de Donald Trump, la verdadera pregunta para México no es si debemos “colaborar o confrontar”, sino cómo preservar nuestra autonomía en un entorno donde el poder estadounidense ya no se ejerce bajo reglas previsibles.

El discurso de Mark Carney en Davos lo dejó claro: el orden internacional está en una ruptura, y los países medianos —como México— deben coordinarse o resignarse a ser piezas de presión.

Desde su llegada a la presidencia, Claudia Sheinbaum ha optado por una línea pragmática: mantener la cooperación en temas de seguridad, migración y economía, pero con un énfasis inédito en la diversificación.

El acercamiento con la Unión Europea, el fortalecimiento del T-MEC y las conversaciones discretas con economías asiáticas son señales de que México no quiere depender de un solo socio, por poderoso que sea.

Trump, en su segundo mandato, ha vuelto a utilizar las tarifas como arma política: 25% a México y Canadá bajo el argumento de “emergencias” migratorias y de seguridad.

La respuesta mexicana, hasta ahora, combina prudencia y contención: reforzar controles fronterizos para reducir tensiones, pero también dejar claro que hay límites comerciales y diplomáticos que no se pueden cruzar sin costo.

Europa mantiene un diálogo intenso para frenar nuevas tarifas, pero al mismo tiempo prepara represalias coordinadas desde la UE y la OTAN. En todos los casos, la clave ha sido una doble vía: cooperación condicionada y disuasión creíble.

El nuevo orden económico exige a México algo más que diplomacia reactiva.

Significa construir una capacidad real de negociación: acuerdos con América del Sur, mayor presencia en Asia y una política industrial que refuerce el mercado interno.

Sheinbaum parece entenderlo. Su apuesta por la transición energética y la producción de semiconductores no solo es ambiental o tecnológica: es una estrategia de soberanía económica.

En un mundo donde el comercio y la seguridad son herramientas de presión, la independencia energética y digital será la nueva frontera de la autonomía nacional.

Colaborar, sí. Pero desde una posición de dignidad, no de docilidad. México necesita una relación funcional con Washington, no una relación subordinada.

Plantar cara no significa gritar, sino construir alternativas. En un orden internacional en fractura, la fuerza ya no se mide por quién grita más fuerte, sino por quién tiene más opciones.

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