Llama la atención que, mientras el gobierno federal instaló un comité para discutir una nueva reforma electoral, los partidos de oposición sigan sin presentar una propuesta coherente sobre el sistema que quieren defender o transformar.

Tras la elección de 2024, denunciaron que el modelo actual dio una “sobrerrepresentación” al bloque oficialista; sin embargo, no han planteado una alternativa para corregir los sesgos que ellos mismos señalan.

El problema de fondo no es nuevo. México tiene un sistema mixto en el que se eligen 300 diputaciones por mayoría relativa y 200 por representación proporcional. Esta fórmula, diseñada para equilibrar gobernabilidad y pluralidad, ha funcionado con relativo éxito, pero mantiene distorsiones en la conversión de votos a escaños.

Cuando una fuerza política domina en los distritos uninominales, el componente proporcional deja de corregir la sobrerrepresentación, y el resultado final se aleja del principio de proporcionalidad del voto. En lugar de eliminar las listas plurinominales, como ha sugerido el gobierno, la discusión debería ir en sentido opuesto: hacia un sistema mixto compensatorio, como el modelo alemán o el de Nueva Zelanda.

En esos casos, las diputaciones de representación proporcional ajustan el total de escaños para que el porcentaje final de cada partido refleje su proporción real de votos. Se logra así una relación más justa entre votos y poder legislativo, sin sacrificar la estabilidad del sistema.

Esa podría ser una ruta inteligente para la oposición mexicana: impulsar una reforma que haga más proporcional la representación, incentive la formación de coaliciones genuinas y favorezca el diálogo legislativo. No se trata solo de defender reglas existentes, sino de repensarlas para un Congreso más plural y funcional.

Las democracias más estables combinan claridad en las reglas mayoritarias con mecanismos de compensación que impiden mayorías artificiales.

En México, esa corrección es parcial, y los topes de representación terminan beneficiando a las fuerzas dominantes.

Si la oposición busca recuperar competitividad y credibilidad, su propuesta debería centrarse en equilibrar el peso del voto ciudadano, no en reproducir las inercias del pasado.

El debate sobre la reforma electoral no puede reducirse a quién controla al árbitro, sino a cómo garantizar que cada voto cuente de manera equivalente. Ese es el tipo de reforma que la oposición debería poner sobre la mesa si realmente aspira a fortalecer la democracia mexicana.

Consultor, académico y periodista

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