El populismo es un “coco” al que se culpa de prácticamente todos los males de la democracia contemporánea. Se usa como etiqueta para descalificar adversarios y como amenaza para advertir sobre supuestos riesgos autoritarios. Sin embargo, más allá del uso superficial, conviene entender que el populismo no es una ideología en sí misma. Existen populismos progresistas y conservadores.
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, dos de los teóricos más influyentes sobre el tema, plantearon que el populismo es una lógica de construcción política. No se trata necesariamente de un programa económico o de una doctrina, sino de una forma de articular demandas sociales dispersas para construir una identidad colectiva: “el pueblo”.
Desde esa perspectiva, incluso puede afirmarse que la democracia moderna tiene un componente inevitablemente populista. Las campañas electorales son, en buena medida, ejercicios de construcción simbólica. Los candidatos buscan convertirse en el vehículo de demandas sociales insatisfechas y persuadir a la ciudadanía de que representan la posibilidad de cambio. Por eso, en las elecciones rara vez triunfa simplemente la plataforma técnica mejor elaborada o el perfil más preparado. La victoria suele ser para quien logra construir una narrativa emocional y política capaz de conectar con el malestar social y convertirlo en sentido común dominante.
Esa lógica no sólo opera en la oposición. También puede utilizarse desde el poder. En Querétaro, por ejemplo, el PAN ha construido una narrativa basada en “defender al estado” frente a la amenaza de los “narcopolíticos de Morena”. Del otro lado, Morena suele apelar a la idea de un pueblo agraviado por élites prianistas distantes y privilegiadas. Ambos discursos buscan delimitar un “nosotros” y un “ellos”, mecanismo central del populismo según Mouffe. Sin embargo, hay un elemento que puede desactivar esa dinámica: la eficacia gubernamental.
El populismo florece donde existen demandas insatisfechas. Cuando un gobierno no resuelve problemas básicos, deja espacio para que actores políticos capitalicen el descontento y se presenten como redentores de sectores olvidados.
Si las comunidades de Santa Rosa Jáuregui tuvieran acceso pleno y constante al agua potable, difícilmente habría espacio para liderazgos que intenten apropiarse políticamente de esa demanda. Perderían fuerza los discursos construidos alrededor del abandono institucional. La mejor vacuna contra el populismo no es la demonización del adversario ni la superioridad moral. Es un gobierno capaz de resolver problemas concretos, reducir agravios y atender oportunamente las necesidades de la población. Donde hay eficacia institucional, el terreno para la lógica populista se reduce considerablemente.
Consultor, académico y periodista