Las guerras suelen producir un fenómeno político conocido en Estados Unidos como “rally around the flag”: un aumento del respaldo interno al presidente cuando el país entra en conflicto armado.

La lógica es conocida desde hace décadas en la ciencia política estadounidense y también aparece en la tradición estratégica neoconservadora asociada a Leo Strauss: la existencia de un enemigo externo puede generar cohesión interna. Pero esa dinámica parece no estar ocurriendo en la guerra con Irán bajo la presidencia de Trump.

Las encuestas publicadas tras los ataques iniciales muestran un panorama poco favorable para la Casa Blanca. Un sondeo de CNN/SSRS realizado entre el 28 de febrero y el 1 de marzo encontró que 59% de los estadounidenses desaprueba la decisión de emprender acciones militares contra Irán, frente a 41% que la aprueba.

El mismo estudio revela otro dato clave para entender el momento político: 60% de los encuestados considera que Trump no tiene un plan claro para manejar la situación con Irán. Los datos de Reuters/Ipsos y de The Washington Post muestran una tendencia similar. Este patrón rompe con la lógica tradicional de cohesión nacional que suele acompañar a las guerras del Tío Sam.

Una de las razones parece ser la falta de una narrativa única. Desde el inicio del conflicto, distintos miembros del gobierno han ofrecido justificaciones que no siempre coinciden entre sí.

La Casa Blanca ha hablado de una “amenaza inminente”, de proteger a Israel, de destruir capacidades nucleares iraníes, de combatir el terrorismo y, en ocasiones, de propiciar un cambio de régimen. La ambigüedad puede tener ventajas tácticas. Permite a un gobierno declarar victoria bajo diferentes escenarios. Pero también tiene un costo político: dificulta construir un relato claro que movilice a la opinión pública.

La comunicación estratégica de Washington también enfrenta otro problema. En su discurso oficial, Estados Unidos ha insistido en la superioridad militar absoluta del bloque que integra con Israel. Sin embargo, cada misil iraní que logra impactar algún objetivo —aunque no tenga consecuencias estratégicas— introduce dudas en ese relato de supremacía.

En el plano doméstico, Trump construyó gran parte de su identidad electoral en torno a la promesa de priorizar la atención a los problemas internos por sobre las guerras interminables en Medio Oriente. Washington tampoco ha logrado construir una coalición internacional amplia, más allá de Israel, que respalde la operación “Furia Épica”. No ha generado consensos ni domina el sentido común internacional. La guerra puede tener muchos desenlaces en el campo militar. Pero en el plano narrativo —que en política suele ser igual de decisivo— Trump ya enfrenta una derrota.

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