El caso Jeffrey Epstein volvió a ocupar titulares con la desclasificación masiva de documentos en Estados Unidos. Millones de páginas, miles de nombres y una avalancha de notas, análisis y especulaciones han reactivado la indignación pública. Sin embargo, el exceso de ruido mediático plantea una pregunta incómoda: ¿estamos viendo lo esencial o solo consumiendo un espectáculo que termina por ocultarlo?
El escándalo ha sido narrado, una vez más, como una lista interminable de figuras poderosas vinculadas, directa o indirectamente, con Epstein. Presidentes, empresarios, artistas y miembros de la realeza aparecen mencionados en documentos de naturaleza diversa: registros de vuelos, correos electrónicos, testimonios judiciales o reportes sin verificar. La lógica del escándalo empuja a la simplificación: buscar culpables inmediatos, señalar nombres y esperar consecuencias rápidas. Pero el propio volumen de información termina produciendo el efecto contrario. Cuando todos parecen implicados, nadie lo está de forma clara.
Desde una perspectiva teórica, los escándalos mediáticos siguen un ciclo reconocible: revelación, amplificación, defensa y, finalmente, desaparición gradual. El caso Epstein parece atrapado en una amplificación permanente. Cada nueva filtración renueva la atención, pero no necesariamente acerca a la justicia. La indignación se fragmenta, se diluye y se agota. El foco se desplaza de las víctimas y de las fallas institucionales hacia el consumo de nombres conocidos.
En este contexto, el ruido no es neutro. Donald Trump, mencionado repetidamente en los documentos, puede beneficiarse políticamente de esta dinámica. La sobreexposición del caso le permite presentarlo como parte de una cacería mediática indiscriminada, donde la mención equivale —en la percepción pública— a persecución. Además, el escándalo permanente refuerza un clima de desconfianza generalizada: si todos los poderosos están manchados, entonces ninguna acusación parece decisiva. El resultado no es rendición de cuentas, sino cinismo.
Pero Trump no es el único beneficiado. También lo son las élites que logran diluir su responsabilidad en una red demasiado amplia para ser comprendida con claridad. Los medios de comunicación y la sociedad enfrentan aquí un desafío central. Ventilar el caso Epstein puede servir para reafirmar límites morales, pero también puede convertirse en un espectáculo que sustituya a la justicia. Más allá de los nombres, lo crucial sigue siendo lo mismo: las víctimas, las complicidades institucionales y la impunidad estructural. Si el ruido nos impide ver eso, el escándalo habrá cumplido su ciclo sin cambiar nada.

