México celebra cada nueva planta, cada anuncio de nearshoring y cada cifra récord de inversión extranjera como si fueran, por sí mismos, pruebas de desarrollo.
Esa celebración revela una forma de colonialismo intelectual. Hemos aprendido a medir nuestro éxito con una pregunta formulada desde fuera: ¿cuánto capital extranjero logramos atraer?
Enrique Dussel cuestionó el eurocentrismo que convierte la experiencia de las potencias en modelo universal y coloca a la periferia en posición subordinada.
Llevado al terreno económico, su pensamiento permite preguntarnos si el desarrollo significa volverse más atractivo para el capital de otros o construir capital, conocimiento y tecnología propios.
México lleva décadas apostando por lo primero. Cambian los gobiernos, los partidos y los discursos, pero permanece la fotografía del funcionario celebrando la llegada de una fábrica extranjera.
El país ofrece ubicación, trabajadores, infraestructura, tratados comerciales y, en ocasiones, incentivos.
Después contabiliza empleos y dólares invertidos. El problema no es que lleguen esas inversiones. El problema aparece cuando atraerlas se convierte en la política de desarrollo, en lugar de ser un instrumento de ella.
La manufactura de exportación y ahora el nearshoring muestran esa contradicción. Integrarse a cadenas globales puede generar empleo, exportaciones y aprendizaje.
Pero ensamblar bienes diseñados por otros, con tecnología de otros y para mercados definidos por otros no garantiza que un país construya las capacidades que algún día le permitan dejar de depender de ellos.
China ofrece un contraste útil, aunque no una receta para copiar. También recibió enormes flujos de inversión extranjera y se integró a cadenas globales.
Pero durante su proceso de industrialización combinó esa apertura con política industrial, empresas nacionales, inversión pública, formación tecnológica y mecanismos para absorber conocimiento extranjero.
En distintos sectores utilizó empresas conjuntas y políticas de transferencia tecnológica, al tiempo que desarrollaba competidores propios. El objetivo no era solamente fabricar para el mundo: era aprender a diseñar, producir y finalmente competir.
El éxito de una inversión no debería medirse únicamente el día que se anuncia, sino años después, cuando evaluemos cuántos proveedores mexicanos creó, qué conocimiento transfirió, cuántas patentes y empresas nacionales surgieron, cuánto talento permaneció en el país y qué dependencia tecnológica disminuyó.
El colonialismo intelectual no consiste en recibir capital extranjero. Consiste en imaginar que nuestro destino es resultar atractivos para quien ya posee el capital y la tecnología.