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Miles de mujeres salieron a las calles de Querétaro el 8 de marzo, como ocurrió en decenas de ciudades de México y del mundo. La marcha en Querétaro congregó a cerca de 9 mil participantes. La jornada transcurrió con saldo blanco y algunas incidencias menores.
Sin embargo, una parte de la cobertura mediática no se concentró en las demandas de las manifestantes, sino en episodios aislados ocurridos durante la marcha. Uno de ellos fue el incidente en el Tanque de Av. Zaragoza, donde un fotógrafo fue increpado por algunas manifestantes. El hombre respondió con una agresión física: lanzó una patada contra una mujer, quien cayó al suelo, mientras él huyó corriendo. Otro momento que ocupó titulares fue el intento de prender fuego a las puertas del templo de San Francisco, en Av. Corregidora. Ignorar ambos hechos tampoco sería periodismo. El problema aparece cuando esos episodios se convierten en el eje narrativo de la cobertura y desplazan del espacio informativo las razones que llevaron a miles de mujeres a marchar.
Durante las movilizaciones del 8M en Querétaro se expresaron múltiples demandas. Entre ellas, la exigencia de acciones más efectivas contra la violencia de género, la despenalización del aborto y la aprobación de la llamada Ley Sabina, orientada a fortalecer los mecanismos legales contra los deudores alimentarios. Como parte de la protesta, colocaron fotografías de presuntos incumplidores de pensión en el kiosco del Jardín Zenea para visibilizar el problema. También denunciaron obstáculos legales en el Registro Nacional de Deudores Alimentarios.
Estos temas, que afectan directamente la vida cotidiana de miles de mujeres y de sus hijas e hijos, recibieron menos atención que las pintas en monumentos o los daños en paraderos de transporte público. El enfoque mediático no es un asunto menor. La selección de lo que se muestra y lo que se omite influye en la percepción pública de las movilizaciones. Cuando la cobertura se centra casi exclusivamente en la iconoclasia o en episodios de confrontación, el movimiento puede terminar reducido a una narrativa de disturbios, dejando en segundo plano las causas estructurales que motivan la protesta. La tensión entre registrar los incidentes y contextualizar las demandas no es nueva en el periodismo. Sin embargo, las marchas del 8M plantean un desafío particular: informar sobre lo que ocurre sin convertir hechos aislados en la historia principal.
Si la cobertura privilegia el conflicto visual sobre el contenido de las exigencias, el resultado es una conversación pública incompleta. Y cuando eso ocurre, miles de voces que salieron a las calles para denunciar violencia, impunidad o abandono institucional vuelven a quedar en segundo plano.
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