Esmeralda Neresis

Trauma colectivo en tiempos de violencia

No podemos negar la realidad ni minimizar el impacto de la violencia. Pero tampoco podemos permitir que la psique colectiva quede secuestrada por ella

En México el miedo ha dejado de ser una emoción individual para convertirse en un clima. No se limita a quienes han sido víctimas directas de la violencia; a quienes despojan de sus vehículos, negocios, libertad e incluso la vida, se instala ya en el aire social, se filtra en las conversaciones diarias y se aloja en el cuerpo colectivo. Los ataques del narcotráfico no sólo pelean territorios físicos y poder, también invaden territorios emocionales. La violencia deja huellas visibles en las calles, pero también marcas invisibles en el sistema nervioso de una nación.

Cuando la amenaza se percibe constante, nuestro organismo aprende a vivir en alerta. El corazón se acelera ante cualquier sonido inesperado, el descanso se esfuma, la mente imagina escenarios catastróficos. A nivel psicosocial, esto produce algo más profundo que miedo: produce desconfianza. El otro comienza a percibirse como potencial riesgo. La comunidad se fragmenta. El tejido social se adelgaza. Y cuando el lazo social se debilita, la sensación de indefensión crece.

La violencia constante genera un tipo de trauma que no siempre se reconoce porque no tiene un único evento detonante. Es un trauma acumulativo, ambiental, que erosiona lentamente la sensación de seguridad básica. El ciudadano aprende a normalizar lo inaceptable. La noticia violenta se vuelve rutina. El horror se vuelve cifra. Y la cifra termina anestesiando la empatía.

Sin embargo, entender el fenómeno desde una perspectiva psicosocial también nos permite reconocer que así como el miedo se contagia, la regulación emocional y la unión también pueden expandirse. El primer acto de resistencia emocional consiste en no permitir que la sobreexposición al horror defina nuestra percepción total de la realidad. Informarse con responsabilidad es distinto a intoxicarse de imágenes y relatos que reactivan constantemente el estado de alarma.

La salud emocional en contextos de violencia implica recuperar pequeñas experiencias de control y significado. El cuerpo necesita señales de seguridad: respiraciones profundas, conversaciones sinceras, rutinas que devuelvan seguridad. La mente necesita distinguir entre peligro real inmediato y anticipación ansiosa. La comunidad necesita espacios donde el dolor pueda nombrarse sin convertirse en espectáculo.

El narcotráfico opera a través del miedo porque el miedo paraliza, divide y silencia. Pero el miedo también puede transformarse en conciencia, organización y cuidado mutuo. Cuando las personas se miran, se escuchan y se acompañan, el tejido social comienza a repararse. No es ingenuidad; es una estrategia de salud pública emocional.

No podemos negar la realidad ni minimizar el impacto de la violencia. Pero tampoco podemos permitir que la psique colectiva quede secuestrada por ella. La serenidad, en tiempos de caos, no es indiferencia. Es una postura ética. Es la decisión de preservar la humanidad incluso cuando el entorno intenta erosionarla.

Cuidar la salud emocional en México hoy no es un lujo terapéutico. Es una necesidad social. Porque cuando una sociedad logra regular su miedo, recupera algo esencial: la posibilidad de actuar sin estar dominada por el terror.

*Artista visual, escritora y terapeuta

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