Hace poco vi la película Maria Candelaria de 1943 y sin saber aún porque recordé que cuando veía el cine mexicano algunas películas me hacían llorar sin parar pensando en estas mujeres y la vida de sufrimiento que llevaban y la incansable idea de “ la vida las castigaba”.
“Nació mujer: que Dios se apiade de ella”. La frase parece una sentencia antigua, pero resume buena parte de las historias con las que aprendimos a ser mujeres en México. Durante décadas, el cine y la televisión no sólo nos entretuvieron: también nos enseñaron qué debía soportar una mujer para ser considerada digna, buena o respetable.
En María Candelaria (1943), Dolores del Río interpreta a una joven indígena despreciada por ser hija de una prostituta. Aunque ella no ha cometido ninguna falta, el pueblo la condena por la historia de su madre. Don Damián la desea, la acosa y le niega medicinas para su animal; después, un retrato desnudo que ni siquiera corresponde a su cuerpo basta para convertirla en culpable ante los demás. La persecución y el apedreamiento final expresan una idea terrible: sobre el cuerpo de una mujer puede caer no sólo el castigo por sus actos, sino también por su origen, por la mirada masculina y por los rumores de toda una comunidad. La propia Filmoteca de la UNAM resume que el pueblo la hostiliza por ser hija de una prostituta, mientras el tendero que la persigue permanece investido de autoridad.
En Salón México (1949), Marga López da vida a Mercedes, una cabaretera que trabaja de noche para pagar la educación de su hermana Beatriz. En las escenas donde Mercedes pasa del cabaret oscuro al colegio luminoso, observamos dos categorías de mujer: la “caída”, que debe ocultarse, y la “decente”, que merece un futuro. Mercedes renuncia al amor, es explotada y termina perdiendo la vida, mientras su sacrificio mantiene intacta la honra de su hermana. La mujer sólo puede redimirse entregándolo todo, incluso su existencia.
Aventurera (1950), protagonizada por Ninón Sevilla, lleva esta violencia todavía más lejos. Elena es abandonada por su madre, pierde a su padre y, al buscar trabajo, es engañada y llevada a un prostíbulo. Cuando intenta rebelarse, la amenazan con desfigurarle el rostro para obligarla a obedecer. Sin embargo, Elena no permanece como víctima silenciosa: confronta a sus agresores y busca vengarse de quienes destruyeron su vida. Por eso la película también contiene una grieta en el discurso tradicional: la mujer señalada como “perdida” se niega a pedir perdón y termina subvirtiendo el destino trágico reservado para ella.
En Una familia de tantas (1948), Martha Roth interpreta a Maru, una adolescente sometida a la autoridad de don Rodrigo, , e incluso pretende encaminarla hacia un matrimonio conveniente. La escena final, en la que Maru sale vestida de novia sin la compañía ni la aprobación de sus padres, representa una ruptura: elegir su propia vida significa abandonar la casa y desafiar al patriarca.
Estas películas retrataron una realidad, pero también contribuyeron a normalizarla. Nos enseñaron que la mujer buena perdona, espera, se sacrifica y guarda silencio; que la desobediente debe ser expulsada y que la sexualidad femenina merece castigo. Los celos se presentaron como amor; el control, como protección, y el sufrimiento, como virtud.
Quizá por eso ya no basta con mirar aquellas historias con nostalgia. Es necesario preguntarnos qué aprendimos de ellas y qué seguimos repitiendo. Porque ninguna mujer nace destinada a soportarlo todo. Nace mujer, sí, pero no para convertirse en mártir, salvadora o víctima. Nace con derecho a escribir su propia historia y, sobre todo, a permanecer viva para contarla.