Cuando llegamos a “El trenecito” de Rancho San Antonio había que subir 73 escalones… o mil. Así se sentían, como si uno estuviera escalando una pirámide pero versión pobre, sin turistas, sin historia oficial, nomás con el peso de la vida encima y las bolsas del mandado cortándote los dedos.
Eran largas… largas… de esas que no solo te suben el cuerpo, te suben los pensamientos. Cada escalón parecía decir algo sin hablar, como si el esfuerzo tuviera voz propia y repitiera que todo cuesta, que todo pesa, que nada es gratis.
Los días de viacrucis —aunque antes no les llamábamos así— eran “las tres caídas”. Así, en corto. Se celebraban en lo alto de Bolaños, la colonia de enfrente, y llegar hasta allá era un peregrinar real, no simbólico. Calles de subida, de esas que te sacan el aire y también las ganas.
El recorrido empezaba mucho antes de ver la cruz. Empezaba cuando uno decidía caminar, cuando el cuerpo aceptaba el trayecto, aunque no supiera exactamente por qué.
Primero venía la condena, pero no la del personaje, sino la propia. Mientras avanzaba la procesión empezaban a aparecer todas las veces que uno había sido juzgado sin que nadie intentara entenderlo.
Después venía la cruz. Y ahí el cuerpo lo entendía antes que la cabeza. El camino se volvía más pesado, no tanto por la subida sino por lo que se activaba por dentro.
La primera caída llegaba cuando todavía se creía que se podía con todo. Aparecía el cansancio, no solo en las piernas sino en la voluntad.
La segunda caída era distinta. Ahí ya no había sorpresa. El dolor era conocido y aun así se seguía caminando. Era la caída de la costumbre, la de quienes han aprendido a levantarse sin preguntarse si deberían continuar o si ya es suficiente.
La tercera caída llegaba sin ruido. Ahí ya no había discurso ni resistencia. Solo quedaba el peso. Era la caída que se parecía a la biografía, la que no necesitaba explicación porque ya había sido vivida muchas veces. En ese punto el viacrucis dejaba de ser representación y se volvía espejo.
Y uno, desde la banqueta, sudando, tomando tu coca en bolsita, viendo… como si no fuera también parte del recorrido y del sacrificio.
Yo lo que sí recuerdo clarito es el calor. De viernes a domingo siempre hacía más calor, pero no un calor normal. Era un calor que castigaba, un sol que caía como si tuviera intención.
Nosotras muchas veces lo veíamos desde la casa, que también estaba en las alturas. Desde ahí todo parecía más lejano, más soportable. Y luego mi mamá… mi mamá siempre salvando el día. Su alacena bien surtida, como si prever el hambre fuera su forma de amar. Nos preparaba tostadas de cueritos, elotes, sándwiches, ceviches… y la respectiva cocota de vidrio, fría, sagrada. Era como salir del viacrucis directo a la resurrección, pero versión barrio.
Después de atascarte de todo eso poníamos el canal 5. Ben-Hur. Los Diez Mandamientos. Y mientras Moisés abría el mar o Jesús caminaba entre multitudes, la tarde se iba apagando. El sol bajaba despacito, como si también se cansara, y en ese momento todo se calmaba.
Nunca nos arrepentimos de haber ido a “las tres caídas”… hasta ese día. El día que me desmayé.
Todo se volvió blanco. Calor, ruido, gente… y de repente
nada.
*Artista visual, escritora y terapeuta
























