Esmeralda Neresis

Identidad y humanidad

Pero yo sí le creí y también me sentí mal porque entendí que yo estaba confundida con su género

En días pasados di a conocer en un post que el Congreso del Estado de Querétaro aprobó la ley de identidad de género.

Fue una avalancha de insultos rápidos, certezas duras, miedo vestido de opinión. Y entonces entendí que hay temas que no incomodan por lo que dicen, sino por lo que

exhiben: nuestros límites para reconocer al otro.

La ley de identidad de género, en términos simples, reconoce el derecho de una persona a ser nombrada como es. Permite que su nombre y su identidad coincidan también en lo legal, sin obligarla a atravesar procesos humillantes o interminables.

No crea una realidad nueva. Llega tarde a una que siempre ha estado ahí.

Aun así, la reacción fue inmediata: “solo existen dos géneros”, “hay cosas más importantes”, “esto abre la puerta a abusos”. Argumentos que se repiten constantemente, pero que pocas veces se detienen a mirar la vida concreta de quienes atraviesan esto todos los días.

Porque mientras se discute en abstracto, hay historias que no son teorías.

Micaela, por ejemplo.

Le decían “el joto”. A veces la veía cruzar el mercado con un ojo morado, pero siempre sonriente, como si la dignidad fuera una decisión que tomara todos los días. Bien peinada, bien bañada, perfumada. Sus bermudas, sus sandalias, y esa forma suya de habitar el espacio soltando feminidad sin pedirle permiso a nadie, todos estábamos acostumbrados a verla pasar echando flores, muchos lo respetábamos, pero siempre le llamábamos por su nombre: Jaime.

Recuerdo una tarde en particular. Estábamos sentadas afuera de mi casa, el calor pegando en las paredes, y ella, con una seriedad que no le conocía, me dijo: “yo soy una mujer, nada más que nadie me cree”, “mira tú, nunca me dices Micaela en público, solo cuando estamos solas”. Luego se rió, como si tuviera que suavizar su propia verdad para que no doliera tanto. Pero yo sí le creí y también me sentí mal porque entendí que yo estaba confundida con su género, que mi mente de 23 años y hace más de 20 años no asimilaba esa identidad que ella defendía, hoy, a la distancia, me siento triste por eso.

Le presté tacones alguna vez. Un vestido. Cosas pequeñas que para ella eran enormes. Años después la vi en un escenario, transformada, haciendo shows drag. Brillaba. Tenía una elegancia que no se aprende, una certeza en el cuerpo que no se improvisa. A veces la veía más femenina que yo, más segura, más libre.

Ellos le decían “joto”.

Yo le llamaba Micaela.

No alcanzó a ver este momento. No alcanzó a tener un documento que dijera lo que ella siempre anheló ser lo que decía su cuerpo, su voz delgadita y dulce.

Hay algo que no siempre se alcanza a ver desde la distancia. Esto se entiende distinto cuando has convivido de cerca con alguien que vive en esa tensión constante entre quien es y lo que el mundo le exige ser. Cuando has visto a un amigo, a una familiar, sostenerse como puede frente a la negación, al rechazo cotidiano, a la burla que parece “normalizada”. Las repercusiones no son abstractas: se vuelven ansiedad, tristeza, aislamiento, una fractura silenciosa en la identidad. No es una discusión teórica cuando te ha tocado ver cómo alguien empieza a apagarse por no poder habitarse en libertad.

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