Durante muchos años creí que crecer significaba sentirme más ligera, más segura, más estable. Pensaba que el camino espiritual y psicológico debía traer calma inmediata, claridad constante, una sensación de “todo está bien”. Pero la verdad que he descubierto, tanto en mi proceso personal como en mi trabajo creativo, es otra: el crecimiento real empieza cuando algo dentro se desacomoda.
Lo he sentido muchas veces frente al lienzo. Cuando una obra comienza a transformarse, primero aparece el caos. La imagen que creía tener clara se rompe, los símbolos se reordenan, la pintura se vuelve incierta. Hay momentos donde quiero volver atrás, dejar la obra como estaba, porque lo conocido da seguridad. Pero si no atraviesas esa incomodidad, la pieza no madura. Se queda bonita, pero no verdadera.
Con el alma pasa exactamente lo mismo.
En mis procesos emocionales he vivido etapas donde me he sentido cansada, confundida, incluso desconectada de mí. No porque estuviera retrocediendo, sino porque estaba soltando estructuras internas que ya no me sostenían. Crecer no fue una expansión luminosa inmediata, fue primero una contracción, una especie de silencio interno donde todo parecía suspendido.
Psicológicamente, eso es reorganización.
Espiritualmente es rendición.
Artísticamente es el momento en que la obra deja de obedecer a la mente y empieza a hablar desde un lugar más profundo.
Y claro que incomoda.
Incomoda no saber quién eres mientras te transformas.
Incomoda no tener respuestas rápidas.
Incomoda sentir el
cuerpo más sensible, más lento, más demandante de cuidado.
Pero ahí, justo ahí, es donde el crecimiento es real.
He aprendido a no forzar ese proceso, ni en mí ni en mi obra. A acompañarlo con prácticas que integren lo psicológico, lo espiritual y lo físico:
Respirar cuando quiero controlar.
Pintar cuando no puedo hablar.
Escribir cuando la emoción necesita orden.
Mover el cuerpo suavemente cuando la mente se acelera.
A veces solo coloco una mano en el pecho y otra en el abdomen y me pregunto:
“¿Qué necesita hoy mi alma para sentirse sostenida?”
Y casi nunca la respuesta es exigencia.
Casi siempre es amabilidad.
También escribo. No para crear textos bellos, sino para decir la verdad. Para nombrar la incomodidad sin disfrazar de espiritualidad. Porque crecer no es volverte impecable: es volverte honesta.
El arte me ha enseñado que toda transformación auténtica pasa por una etapa donde nada se ve claro. El lienzo se ensucia antes de revelarse. El símbolo se rompe antes de cobrar sentido. El corazón duda antes de confiar en su nueva forma.
Por eso hoy sé que cuando la vida se siente incómoda, cuando algo dentro se mueve sin explicación lógica, no es señal de error. Es señal de tránsito. De mudanza interior. De expansión silenciosa.
*Artista visual, escritora y terapeuta

