Las noticias nos invaden de escenas que nos regresan a lo que pudo haber sido el Holocausto, personas armadas que amedrentan, golpean a ciudadanos norteamericanos y a migrantes.

Ellos no están regresando a casa. Están siendo arrancados de una vida que construyeron con el cuerpo, el miedo y la esperanza. Nadie abandona su país por gusto. La necesidad empuja, porque el futuro se vuelve una urgencia. Hoy, miles de migrantes están siendo expulsados de Estados Unidos bajo políticas que no solo endurecen fronteras, sino que endurecen el corazón de una sociedad que ha olvidado que detrás de cada deportación hay una historia, una familia y un proyecto de vida quebrado.

La expulsión no es solo un acto administrativo. Es una ruptura emocional. Es el momento exacto en que una persona pasa de sentirse parte de algo a sentirse desechable. Se les quita el suelo psicológico, la sensación de pertenencia, la identidad que construyeron durante años de trabajo silencioso. Muchos de ellos no solo pierden un empleo, pierden su nombre social, su rol, su sentido de valor. Empieza entonces un duelo migratorio forzado: el duelo por la vida que ya no existe.

La expulsión no solo los saca de un país, los saca de sí mismos.

A nivel económico, la realidad es todavía más cruel. No regresan a empezar de cero, regresan a empezar desde menos diez. Llegan sin ahorros, sin vivienda, sin red laboral, muchas veces endeudados por el costo del viaje que los llevó al norte.

En lo familiar, el impacto es devastador. Hijos nacidos en Estados Unidos que se quedan sin uno de sus padres. Parejas que se separan por una frontera que ahora parece un muro emocional imposible de cruzar.

La deportación no rompe fronteras, rompe familias, rutinas, la idea de hogar, la confianza en el futuro.

¿Por qué tener empatía? ¿Por qué debemos preocuparnos aunque no estemos ahí?

Primero, porque nadie está migrando por gusto. Se migra cuando quedarse duele más que irse. Cuando el hambre, la violencia, la falta de oportunidades o la desesperanza vuelven inhabitable la vida. Si entendemos eso, dejamos de ver al migrante como “el otro” y empezamos a verlo como alguien que podría ser cualquiera de nosotros en otras circunstancias.

Segundo, porque lo que hoy se normaliza contra ellos mañana puede normalizarse contra cualquiera. Cuando aceptamos que un grupo puede ser tratado como desechable.

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