La noticia de una niña de 11 años embarazada presuntamente a consecuencia de un abuso sexual ha generado una intensa discusión pública. Como suele ocurrir en estos casos, las opiniones se han dividido. Hay quienes consideran correcta la interrupción del embarazo y quienes se oponen profundamente a ella. Son posturas que nacen de convicciones éticas, morales, religiosas y personales que merecen respeto.
Sin embargo, mientras observaba el debate, no pude evitar preguntarme si estamos mirando hacia el lugar correcto.Yo fui madre a los quince años. Sé lo que significa enfrentar un embarazo siendo adolescente. Sé de los miedos, de las responsabilidades y de cómo una decisión o una circunstancia puede cambiar la vida para siempre. Pero también sé que mi experiencia no puede compararse con la de una niña de once años.
A esa edad apenas se está descubriendo el mundo; la infancia todavía debería ser un espacio seguro para jugar, aprender y crecer. Por eso me inquieta que la conversación pública se concentre tanto en lo que ocurrió después y tan poco en lo que ocurrió antes.
En México, la violencia sexual contra niñas y adolescentes sigue siendo una realidad dolorosa. De acuerdo con UNICEF, una de cada dos adolescentes de entre 15 y 17 años ha vivido algún tipo de violencia sexual a lo largo de su vida.
Además, más del 92 por ciento de las víctimas de violencia sexual atendidas por los servicios de salud son niñas y adolescentes mujeres.
En la mayoría de los casos, el agresor es alguien cercano: un familiar, un vecino, un conocido o una persona en quien la menor confiaba.
Las cifras relacionadas con el embarazo infantil también deberían obligarnos a reflexionar. Según datos del Consejo Nacional de Población, durante 2020 se registraron 8,876 nacimientos en niñas de entre 10 y 14 años en México. Son aproximadamente 24 cada día. Detrás de cada número hay una historia, una familia y una infancia que ha sido vulnerada.
Las consecuencias del abuso sexual no terminan cuando el hecho ocurre. Los especialistas señalan que puede dejar secuelas emocionales y psicológicas que acompañan a las víctimas durante años: ansiedad, depresión, sentimientos de culpa, problemas de autoestima, dificultades para establecer relaciones de confianza e incluso afectaciones en su desarrollo educativo y social.
Por eso me preocupa que, en medio de la polarización, la niña termine convirtiéndose en un símbolo para defender una causa u otra. A veces pareciera que todos quieren hablar de sus propias creencias, pero pocos se detienen a pensar en el dolor, el miedo y la confusión que puede estar viviendo una menor que atraviesa una situación tan extrema.
No escribo estas líneas para decirle a nadie qué debe pensar. Tampoco para convencer a quienes tienen una postura distinta a la mía. Lo que me gustaría es que, por un momento, recordáramos que antes que cualquier debate existe una niña.
Quizá nunca lograremos ponernos de acuerdo en todos los temas que rodean casos como este. Pero sí podríamos coincidir en algo fundamental: ninguna niña debería ser víctima de abuso sexual y ninguna debería enfrentar sola las consecuencias de una violencia que jamás eligió.
Porque cuando una menor de once años queda embarazada, el verdadero fracaso de la sociedad no comienza con las decisiones que se toman después. Comienza mucho antes, cuando no fuimos capaces de proteger su infancia.Fuentes: UNICEF México, “Violencia sexual contra la infancia”; Consejo Nacional de Población (CONAPO), “Violencia sexual en niñas y adolescentes de 10 a 14 años”.