Esmeralda Neresis

Cuando alguien se quiebra frente a todos

A veces se nos olvida que una crisis emocional no es una escena. No es un drama. No es una exageración. Es un naufragio

Hay videos que no deberían existir. No porque nieguen la realidad, sino porque la exponen como se expone una herida abierta. Porque son el registro de alguien cayéndose a pedazos mientras el mundo, indiferente, sigue pasando.

Estos días circuló uno: una joven corre entre los carriles, como si la calle se hubiera convertido en un abismo. Desorientada, atravesada por una crisis que no cabe en el cuerpo. Intenta subirse a un carro, grita, se mueve como quien busca una salida invisible, como quien ya no sabe dónde termina el miedo y empieza la vida.

Y termina atropellada.

Todo sucede rápido, dicen.

Pero lo que no deja de suceder, incluso después de que el video se detiene, es la pregunta que queda suspendida en el aire: ¿dónde estábamos nosotros?

No hablo de diagnósticos, no hablo de etiquetas lanzadas desde la comodidad de una pantalla. Hablo de ese instante en el que una persona se rompe en público y lo primero que aparece es un teléfono levantado.

Como si el dolor ajeno fuera contenido.

Como si la desesperación fuera espectáculo.

Como si el sufrimiento pudiera consumirse y olvidarse con un scroll.

A veces se nos olvida que una crisis emocional no es una escena. No es un drama. No es una exageración. Es un naufragio. Es alguien intentando respirar en medio de una tormenta interna.

Es la mente gritando cuando ya no encuentra palabras, cuando el mundo se vuelve demasiado, cuando el alma se queda sin refugio.

Hay personas que caminan con heridas invisibles. Que sonríen con el pecho apretado. Que sobreviven con una calma prestada. Y un día, algo se desborda.

No debería sorprendernos tanto.

Lo que debería dolernos es la soledad.

Porque lo más duro de ese video no es solo el accidente. Es la multitud mirando. Es la ciudad convertida en escenario. Es la ayuda que tarda. Es la distancia. Es el silencio.

Nadie debería quebrarse frente a desconocidos y sentirse más expuesto que acompañado.

Y entonces vale decirlo, con claridad, con sencillez, con humanidad: ¿qué hacemos en vez de grabar?

Hacemos lo único que importa.

Nos acercamos como se acerca uno a lo frágil. Pedimos espacio. Quitamos el ruido alrededor. Buscamos poner a la persona a salvo, lejos del tráfico, lejos del peligro, lejos del borde. Llamamos al 911 si es necesario. Hablamos despacio, como quien sostiene un corazón en las manos.

No regañamos. No juzgamos. No preguntamos “¿qué tiene?” como si fuera un caso clínico o un chisme.

Decimos: “Estoy aquí.”

A veces eso es todo.

A veces una voz tranquila, una presencia firme, una mano extendida, puede ser el puente entre la vida y el abismo.

Ojalá este caso no se convierta en un video más que se consume y se olvida. Ojalá nos deje una grieta de conciencia. Porque cualquiera, cualquier día, puede romperse.

Y cuando eso ocurra, lo último que vamos a necesitar es una cámara.

Vamos a necesitar humanidad.

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