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Cada 8 de marzo me deja una sensación difícil de nombrar. No se trata de duda sobre la causa de las mujeres. Tampoco de distancia o falta de empatía. Es más bien una mezcla de emociones que conviven dentro de mí.
He visto las marchas durante años. Los cantos, los pañuelos, los nombres escritos en las calles. También he visto la reacción que aparece cada vez que alguna manifestante rompe un vidrio o pinta un muro. Las posturas se vuelven rígidas con la rapidez de un click, sin una historia y muchas desde posiciones muy privilegiadas. Para unos todo es condenable. Para otros todo está permitido.
Yo no logro quedarme en ninguno de esos extremos.
En mi vida actual no quiero violencia. He aprendido, muchas veces a través del dolor, que la violencia deja marcas largas. No termina cuando ocurre; se queda en la memoria, en el cuerpo y en la historia de las familias a través de las generaciones, así como los abusos, violencia y feminicidios que marcan a familias enteras,
Tal vez por eso mi trabajo se ha dirigido a acompañar procesos espirituales. Escuchar a quienes llegan con heridas que no siempre se ven. En ese camino he confirmado algo: cuando el dolor no encuentra espacio para ser escuchado, termina saliendo de otras formas.
El 8M también es eso.
Un grito que se fue acumulando durante años, la rabia a través de miles de mujeres que han tenido que aceptar numerables injusticias económicas, físicas y psicológicas.
Pienso en mi propia historia. Crecí escuchando relatos de una mujer fuerte en mi familia: mi abuela María de Jesús, conocida en el barrio del Tepetate, en Querétaro. Era sanadora. Muchas personas llegaban a su casa buscando alivio. Desde niña vi cómo las mujeres compartían sus dolores en voz baja, como si el sufrimiento tuviera que esconderse para no incomodar a nadie. Yo misma viví violencia sexual desde mi infancia y través de algunas parejas, como se me acosó en algunos trabajos sin que pudiera decir nada.
Tal vez desde entonces aprendí a escuchar lo que otros prefieren ignorar.
Soy madre. Y esa parte de mi vida cambia la forma en que miro el mundo. Cuando pienso en mis hijas aparece una verdad que no siempre se dice en voz alta: si algo les ocurriera, si alguien las lastimara, no sé si reaccionaría con la serenidad que hoy defiendo.
El amor por los hijos despierta una fuerza antigua, casi instintiva.
Por eso miro las marchas con inquietud, pero también con comprensión. No me identifico con la destrucción, pero tampoco puedo olvidar la historia que muchas mujeres cargamos cuando salimos a la calle.
El 8 de marzo no es una sola experiencia.
En la misma marcha caminan mujeres jóvenes que buscan un futuro distinto, madres que levantan la fotografía de una hija que no volvió a casa, niñas que empiezan a descubrir lo que significa crecer siendo mujer.
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