Concepción Delgado Parra

Miedo y percepción de crisis profunda: carácter de nuestro tiempo

Atravesamos una etapa marcada por la percepción colectiva de estar inmersos en una crisis profunda que alcanza todos aspectos de la vida cotidiana. Desde cualquier perspectiva, prevalece la sensación generalizada de que todo se está desmoronando y podría estallar en cualquier momento.

A medida que el miedo se propaga, la crisis adquiere una apariencia cada vez más tangible. Como resultado, muchas personas consienten en la implementación de acciones gubernamentales que restringen las libertades civiles, debilitan la separación de poderes y limitan el Estado de derecho, incluso si esto contradice los principios fundamentales de las libertades democráticas.

El miedo deja de ser un sentimiento pasajero para convertirse en el principal motor de la organización social, reemplazando la toma de decisiones basada en el diálogo racional, el intercambio de argumentos sólidos y el consenso entre ciudadanos y representantes.

La combinación de las políticas del miedo instrumentadas en redes sociales y la percepción colectiva de crisis multidimensional, intensificada con la guerra impulsada por Estados Unidos e Israel contra Irán, opera como un mecanismo de retroalimentación que se expande mediante lo que podría denominarse “caja de resonancia de la ansiedad sistémica”.

Aunque las redes sociales no generan la crisis, sí la decodifican y exageran: una inflación real puede convertirse en el discurso del “fin del dólar”, un brote de violencia local se amplifica al grado de presentar incidentes aislados como señales de un “Estado fallido, y una reforma educativa fácilmente es interpretada como “adoctrinamiento totalitario”.

Las plataformas digitales traducen crisis estructurales abstractas en microamenazas cotidianas al difundir “memes” que muestran a “invasores” en zonas residenciales, videos virales sobre fraudes electorales en estados lejanos y testimonios de personas que aseguran que perdieron su empleo por “políticas woke”. De esta manera, el malestar abstracto se transforma en objetivos emocionales concretos contra migrantes, élites globalistas, minorías, funcionarios públicos.

Durante este proceso, la percepción de crisis se vuelve adictiva porque cada nueva catástrofe viral –real o falsa– refuerza la idea de que todo está deteriorado (“¿Ves?, todo está podrido”). Los algoritmos favorecen la denuncia alarmista sobre el análisis y la argumentación. Al mismo tiempo, los grupos de afinidad en redes intensifican la sensación de que “solo nosotros vemos la verdad”, creando una comunidad epistémica del miedo, conspirativa y autorreferencial.

Mientras tanto, el panorama político-electoral está dominado por las fuerzas que surgieron como reacción ante la crisis y el fracaso del neoliberalismo: el progresismo y, más tarde, la extrema derecha.

No obstante, la extrema derecha parece alimentarse de la crisis y aprovecharla en su favor, apoyándose en una intervención estatal marcada por una gestión autoritaria del conflicto social y un control férreo de la población. Esta estrategia se sostiene, en buena medida, mediante una política del miedo promovida a través de las redes sociales y el activismo de comunidades religiosas.

Doctorada en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM y Posdoctorada por la Universidad de Yale

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