En 2019, Adama Dieng, asesor especial para la Prevención del Genocidio de la Organización de Naciones Unidas, pronunció una frase contundente: “las palabras matan, tanto como las balas”. Hoy, somos testigos del resurgimiento de un fenómeno preocupante que comienza a extenderse por todos los rincones de la tierra. El aumento de de los denominados discursos de odio. México, no es la excepción.
Un discurso de odio suele ser un juicio de valor emitido de manera desinformada e irreflexiva que funciona como una verdad. Este tipo de comunicación tiene un doble propósito. Dañar la identidad y dignidad del sujeto agredido y, al mismo tiempo, conseguir adeptos que se sumen a esa “verdad” y actúen reproduciendo el daño.
En nuestro país, al igual que en otras latitudes, los discursos de odio no surgen de manera espontánea son creados a partir de una intencionalidad política e impulsados por ciertos sectores de la sociedad, que tienen como objetivo desestibilizar al gobierno y la figura presidencial que lo representa. Son promovidos por élites económicas y políticas relacionadas entre sí que cuentan con fuentes de financiamiento nacionales e internacionales.
Los dispositivos utilizados para introducir estos discursos comparten un patrón. Grupos vinculados a la derecha y ultraderecha organizan campañas que dispersan a través de medios de información y redes sociales, replicadas por periodistas mediáticos y cuentas auténticas de la comentogracia, que son seguidas de inmediato por la acción de un importante número de cuentas falsas que logran influir rápidamente en el estado de opinión.
El contenido de la información se disfraza de noticias reales, aunque carezca de fuentes confiables. Centra el foco de interés en cuestiones emocionales y utiliza un lenguaje agresivo y cargado de ataques personales que potencian la confrontación, el miedo y la crispación social para mantener un ambiente de polarización y caos.
La campaña orquestada la semana pasada, a propósito del problema de salud que sufrió el presidente Andrés Manuel López Obrador, al padecer una baja de presión que le provocó un váguido, durante una reunión con ingenieros militares en su visita a Mérida, Yucatán, mientras verificaba las construcciones del Tren Maya, es un ejemplo de la forma en que operan los discursos de odio.
En una especie de “cascada informativa”, distintos medios de comunicación y redes sociales publicaron que el presidente había sufrido de un “supuesto infarto”. Incluso, el periodista Joaquín López Dóriga informó vía Twitter, que el presidente de México, había fallecido.
Pese a la aclaración del secretario de gobernación y del secretario de salud en la conferencia matutina, donde desmintieron las falsas noticias, la campaña de odio continuó.
La desinformación difundida a través de medios de comunicación y redes sociales no responde a la falta de profesionalismo de quienes ejercen el periodismo, ni de los comentócratas que abordan el acontecer. Estos funcionan como creadores de contenido cuya intención es debilitar a la figura, blanco del discurso de odio, para disminuir su influencia política sobre la población.