La democracia encierra una paradoja inquietante al ser el único régimen político capaz de utilizar sus propias reglas para abrir la puerta a quienes buscan debilitarla desde dentro. La reciente elección presidencial en Colombia, en la que resultó vencedor Abelardo de la Espriella –abogado convertido en figura política de ultraderecha–, ilustra con claridad ese riesgo. Su trayectoria pública, marcada por la defensa de narcotraficantes, paramilitares y protagonistas de casos de corrupción ampliamente documentados, revela profundas contradicciones.
Frente a este escenario, surge una pregunta urgente: ¿hasta dónde puede una democracia permitir que lleguen al poder personajes que, una vez instalados en él, restrinjan las libertades que hicieron posible su ascenso?
El hartazgo ciudadano frente a partidos políticos que se alternan en el poder, reciclan las mismas élites y dejan intactos los problemas de fondo se ha convertido en caldo de cultivo para el avance de las ultraderechas en América Latina y en otras regiones del mundo.
Líderes populistas de ultraderecha como Donald Trump, Nayib Bukele, Javier Milei, Daniel Noboa, José Antonio Kast, Nasry Asfura, Rodrigo Paz, Keiko Fujimori y Abelardo de la Espriella, entre otros, capitalizan el desencanto ciudadano para capturar las instituciones estatales y ponerlas al servicio de las élites a las que pertenecen o representan.
Un fenómeno inquietante atraviesa la política contemporánea. Grupos de ultraderecha usan la infraestructura de la democracia –el sistema de partidos, las instituciones electorales, los tribunales de justicia y otros contrapesos– para legitimar su llegada al poder. Una vez instalados, buscan desmontar derechos ciudadanos y excluir todo aquello que no coincida con los intereses de las élites.
La reciente declaración de Abelardo de la Espriella ofrece un ejemplo elocuente. Antes incluso de tomar posesión como presidente de Colombia, anunció que mantendrá el salario mínimo vigente sin modificación durante los cuatro años de su gestión. En paralelo, propone reducir impuestos a las empresas y grandes consorcios nacionales y trasnacionales, una receta que reproduce el giro “promercado” aplicado por gobiernos de ultraderecha en Estados Unidos y otros países.
Los ultraderechistas están construyendo una idea de “Estado de derecho” sobre fundamentos frágiles y contradictorios, capaces de colocar en un mismo plano de legitimidad a la democracia y a la dictadura autoritaria.
Hoy, estamos atrapados en una tensión constante, en la que la democracia corre el riesgo de traicionarse a sí misma. Al entregar el poder mediante el voto y sus propios procedimientos, abre la puerta a fuerzas capaces de destruirla desde dentro. La historia ofrece advertencias contundentes, desde la Alemania nazi hasta experiencias recientes como Estados Unidos bajo el gobierno de Donald Trump.
La paradoja de un régimen democrático consiste en que, llegado a cierto punto, puede utilizarse la propia democracia para poner fin a la democracia. La llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia de Colombia aparece, en ese sentido, como la expresión latinoamericana más reciente de esa contradicción.
Doctorada en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM y Posdoctorada por la Universidad de Yale