Con qué tipo de derecha estamos lidiando en la actualidad. Los tiempos en que se le consideraba “reaccionaria” están quedando atrás. Limitar su papel a la reacción frente a los progresismos impide comprender tanto su capacidad de agencia como el peligro que representa para la democracia. La derecha aprendió de la izquierda el poder de la acción humana para rehacer el mundo, pero en un sentido contrario.

Las corrientes de derecha siempre tuvieron una postura escéptica frente a la democracia. Y, aunque algunos grupos mostraban apertura hacia ciertas formas de democratización, su apoyo siempre estuvo condicionado: consideraban necesario restringir la participación democrática únicamente a aquellos ciudadanos dignos y capaces. Esta perspectiva planteada por Edmund Burke –escritor, filósofo y político irlandés, considerado el padre del conservadurismo moderno en el siglo XVIII–, ha acompañado a las derechas desde el siglo XIX hasta nuestros días.

Después de la Primera Guerra Mundial, y con el derrocamiento de las monarquías más antiguas de Europa, la derecha comprendió la necesidad de combinar posturas populistas con procedimientos autoritarios creando regímenes antidemocráticos con apariencia de legitimidad.

Las esperanzas revolucionarias en distintas regiones de América Latina, incluido México, estuvieron depositadas en sectores conservadores que apoyaban a “hombres fuertes” que garantizaban la continuidad de los privilegios de clase.

El Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante más de 70 años mantuvo la hegemonía del poder político en México, cambiando sólo de nombre, representa un ejemplo de esta dinámica. Sistema político que Vargas Llosa calificó de “Dictadura perfecta”.

Ante el resurgimiento de las derechas a nivel mundial, articuladas en torno a un modelo que combina posturas populistas con prácticas autoritarias, resulta fundamental analizarlas no sólo como una manifestación del retorno al fascismo histórico o como un arrebato de ira colectiva. Más bien, esas derechas se configuran como un un movimiento político contemporáneo, portador de un proyecto que desafía directamente los principios progresistas: soberanía popular, redistribución de la riqueza, fortalecimiento del Estado y mayor inclusión social.

Entre sus principales postulados defiende la promoción de una jerarquía social rígida, la concentración del poder en un líder autoritario y el debilitamiento de las instituciones deliberativas. Acciones que favorecen la normalización de las desigualdades, el desprecio por el pluralismo y la construcción idealizada de un orden en el que los “mejores” –definidos por afinidad, raza, nación o riqueza– gobiernan sin obstáculos, sin importar que sólo unos cuantos resulten beneficiados.

La derecha dejó atrás su papel de “reaccionaria” para convertirse en una fuerza dinámica y atractiva, capaz de proponer una narrativa que seduce a quienes buscan un cambio, aunque esto implique retrocesos. En esto consiste el “viraje” de la derecha hacia posturas de extrema derecha.

Su peligro reside justamente en la capacidad de presentarse como una revolución legítima y necesaria, cuando en realidad actúa como un agente de cambio regresivo para la democracia.

Doctorada en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM y Posdoctorada por la Universidad de Yale

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