En días recientes causó un gran revuelo el libro Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer, que llega en un momento crucial del debate público en México. Más allá de la cercanía familiar y política que Julio mantiene con el presidente AMLO, la obra es un testimonio y un alegato sobre el rumbo y las decisiones que marcaron el sexenio de la Cuarta Transformación.
El autor plantea una narrativa en la que se busca justificar la ruta de López Obrador, especialmente en su rechazo a la persecución política y su apuesta por el “no es mi fuerte la venganza”.
Esta postura, que en el papel político formaba parte de la narrativa de reconciliación y pacificación, en la práctica ha significado la omisión de acciones para combatir la impunidad.
El argumento de evitar revanchismos ha servido de escudo para no tocar intereses de actores políticos y económicos que, en otros tiempos, fueron señalados como responsables de la corrupción y el desfalco nacional, es decir, parafraseando al Jefe Diego: “Grandes cambios para que todo quedará igual”.
El gobierno insistió en la narrativa de la transformación sin ruptura, pero la ausencia de mecanismos efectivos de rendición de cuentas y la falta de procesos judiciales contra personajes emblemáticos del pasado envían un mensaje contradictorio.
¿Cómo construir un país más justo si el pasado se perdona sin condiciones y el presente se administra bajo criterios de oportunidad política? El libro termina por evidenciar la debilidad de un proyecto que prioriza la imagen sobre la justicia y que centraliza de manera excesiva del poder, dejando claro que las decisiones clave se toman desde Palacio Nacional, relegando a los contrapesos democráticos.
Al mismo tiempo, el discurso oficial ha polarizado al país entre “buenos” y “malos”, “pueblo” y “élite”, sin espacio para los matices ni la autocrítica. Esta dinámica, lejos de abonar a la reconciliación, perpetúa la confrontación y el encono social.
El texto también deja entrever la falta de una agenda clara en materia de justicia transicional.
El “ni venganza ni perdón” se ha traducido en una especie de parálisis gubernamental, donde ni se castiga ni se repara. Esta actitud, aunque se quiera presentar como pragmática, en realidad acrecienta la injusticia y desconfianza institucional.
La crítica al actuar del gobierno de AMLO no se limita a la ausencia de castigo, sino también a la selectividad en la aplicación de la ley. Esta discrecionalidad viene a minar la credibilidad del gobierno y daña la democracia.
El libro evidencia cómo el proyecto de la Cuarta Transformación ha caído en las mismas prácticas que prometió erradicar.
Ni venganza ni perdón es un reflejo de la ambigüedad que ha marcado el pasado sexenio, un gobierno que llegó con la promesa de transformar a México, pero que ha preferido el uso político de la justicia, y la narrativa sobre los hechos. La historia juzgará si este periodo sirvió realmente para reconciliar a México, o si simplemente fue una oportunidad para alimentar ese lugar favorito del oficialismo: el basurero de la historia.

