En el Senado de la República, la austeridad se ha convertido en mantra y bandera, especialmente para la bancada de Morena y sus aliados. Las promesas de recortar gastos, eliminar excesos y priorizar las necesidades del pueblo han sido reiteradas en discursos y comunicados. Sin embargo, el reciente tema de la estética dentro del recinto senatorial evidencia, una vez más, la distancia entre el discurso y la realidad.
El hecho de que, en pleno debate sobre recortes presupuestales, se instale un salón de belleza destinado exclusivamente a los legisladores y su personal resulta un claro ejemplo del doble discurso que tanto se critica desde la oposición y la sociedad civil. Mientras afuera millones de mexicanos enfrentan dificultades para acceder a servicios básicos, adentro se ofrece comodidad y lujo a quienes deberían ser los representantes de la austeridad.
La polémica no tardó en viralizarse. Las imágenes de senadoras y asesores luciendo cortes y peinados frescos, cortesía de la nueva estética, circularon en redes sociales y medios de comunicación. Para muchos ciudadanos, este acto simboliza el desprecio hacia el principio de austeridad que Morena proclama. ¿Cómo justificar este gasto cuando, día tras día, se insiste en que el gobierno debe ahorrar y eliminar privilegios?
La justificación del oficialismo fue que la estética responde a necesidades de imagen institucional, como si el trabajo legislativo dependiera de un buen peinado. El argumento roza el absurdo, más aún cuando se recuerda la insistencia de Morena sobre eliminar “gastos superfluos”. El mensaje que envía el partido en el poder en el Senado es claro: la austeridad es selectiva y relativa, aplicable sólo cuando conviene y flexible cuando se trata de los propios.
Este episodio revela una tendencia preocupante: la normalización de privilegios bajo el disfraz de necesidades administrativas. Es inevitable preguntarse si los legisladores oficialistas entienden el significado real de austeridad o si, simplemente, lo utilizan como una herramienta política para reforzar su imagen ante el electorado.
Morena y sus aliados, que en múltiples ocasiones han exigido sacrificios a la ciudadanía, muestran que el discurso de austeridad puede convertirse en privilegio cuando se trata de sus propios intereses. La estética del Senado es, en realidad, un espejo de los excesos que se niegan públicamente, pero se disfrutan en privado. El doble discurso no sólo erosiona la confianza en las instituciones, sino que perpetúa la desigualdad entre ciudadanos y gobernantes.
La estética senatorial debe ser ocasión para reflexionar sobre la coherencia entre palabras y acciones. Este hecho es mucho más que una anécdota: es síntoma de una cultura política desde el oficialismo donde el doble discurso y los excesos se normalizan. El reto para los legisladores de la mayoría guinda no es lucir impecables ante las cámaras, sino demostrar que la austeridad es una convicción que se refleja en cada decisión tomada.

