Carlos Antonio Contreras López

El huachicol fiscal: la mancha que desnudó a la 4T

El huachicol fiscal no solo roba combustible: roba autoridad moral. Y en la 4T, ese robo pega donde más dolía el discurso oficial, porque exhibe que la promesa de acabar con la corrupción terminó chocando contra una red de contrabando capaz de mover 144 millones de litros en 52 días.

La gran contradicción

La narrativa del régimen fue simple: ahora sí, se acabó el saqueo, ahora sí, “por fin” el Estado se puso del lado del pueblo. Pero el huachicol fiscal demuestra que la corrupción no desapareció; se volvió más fina, más institucional y más peligrosa. Ya no necesita solo ductos perforados: necesita aduanas permeadas, documentación falsa y complicidades dentro de las estructuras que debían vigilarla.

Lo grave es que esto no parece una anécdota marginal. Las investigaciones sobre la red en Matamoros apuntan a una operación de gran escala, con participación de mandos y con una logística que sugiere control, disciplina y protección, no improvisación. Eso obliga a preguntar no solo quién robó, sino quién dejó que ocurriera.

Militarizar no fue la cura

La 4T apostó por entregar aduanas, puertos y tareas estratégicas a las Fuerzas Armadas como si el uniforme fuera vacuna contra la corrupción. No lo fue. Si el huachicol fiscal creció bajo un modelo que presumía orden, disciplina y control, entonces el fracaso es doble: fracasó la vigilancia y fracasó el relato.

Peor aún: cuando el poder concentra funciones sensibles en instituciones cerradas, también concentra opacidad. Y la opacidad es el mejor hábitat para el negocio ilegal. El resultado es un Estado que presume honestidad mientras pierde dinero, credibilidad y capacidad de castigo.

Un golpe al bolsillo público

El huachicol fiscal no es un delito “técnico” de especialistas en comercio exterior. Es una fuga brutal de recursos públicos. Cada litro que entra ilegalmente y se disfraza en los papeles significa menos impuestos, menos competencia justa y más presión para quienes sí cumplen.

Por eso este caso tiene una dimensión política mayor: la 4T no solo toleró una red de contrabando, sino que permitió que el discurso anticorrupción quedara en evidencia. Y cuando el gobierno que juró barrer la corrupción termina rodeado por sospechas, la pregunta deja de ser si hubo huachicol fiscal y pasa a ser cuánta impunidad necesitó para crecer.

El costo del cinismo

La peor derrota no es económica, aunque las pérdidas sean enormes. La peor derrota es simbólica: un proyecto que convirtió la honestidad en bandera ahora tiene que explicar por qué el negocio sucio prosperó precisamente bajo su vigilancia. Eso no se corrige con conferencias ni con frases morales. Se corrige con investigaciones serias, sanciones reales y cero protección a los intocables.

Si la 4T quería ser el punto final de la corrupción, el huachicol fiscal le puso un signo de interrogación gigantesco. Y en política, cuando el discurso se rompe con tanta estridencia, lo que queda no es la transformación: queda la sospecha.

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