PISA es la evaluación internacional de la OCDE que pregunta a jóvenes de 15 años si pueden usar lo aprendido, no sólo repetirlo como pericos con diploma. Mide lectura, matemáticas y ciencias; sirve para comparar sistemas educativos, detectar brechas y orientar decisiones. No califica toda la educación ni reparte medallas, pero sí revela si el alumno comprende un texto, resuelve un problema cotidiano y razona con evidencia.
Los resultados de PISA 2025, publicados en 2026, son incómodos: México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, frente a promedios de la OCDE de 463, 461 y 482. Apenas 30% alcanzó el nivel básico en matemáticas. En lenguaje llano: siete de cada diez adolescentes batallan para aplicar operaciones sencillas. La primaria no consolida fundamentos, la secundaria acumula rezagos y el bachillerato intenta reparar, con cinta adhesiva, lo que debió construirse desde antes.
Sería injusto culpar de todo a la 4T: la desigualdad educativa es antigua y la pandemia golpeó al mundo. Pero gobernar consiste precisamente en corregir, no en presentar la herencia como programa sexenal. La respuesta federal privilegió becas, transferencias directas y el nuevo relato curricular -a modo de ideologia-; apoyos valiosos para permanencia, pero insuficientes sin tutorías, formación docente, materiales oportunos y medición comparable. Además, desapareció Escuelas de Tiempo Completo, programa con evidencia de mejoras en aprendizaje, y faltó una estrategia nacional robusta para recuperar lo perdido durante el cierre escolar. El resultado parece una clase sin pizarrón: mucha exposición y poca comprobación.
Los retos son claros: volver a medir para mejorar; concentrar recursos en lectura y matemáticas desde los primeros grados; acompañar a docentes; recuperar estudiantes; ampliar tutorías y jornadas donde funcionen; y cerrar brechas rurales, indígenas y digitales. Evaluar no es “neoliberal”; es encender la luz antes de presumir que el cuarto está limpio.
Querétaro ofrece una pista sensata con Rutas de Aprendizaje: diagnósticos, tutorías y colaboración entre gobierno, escuelas, universidades y sociedad civil. El programa reportó la recuperación de más de siete mil alumnos que abandonaron las aulas durante la pandemia y avances en matemáticas y ciencias. No es para tocar fanfarrias, pero al menos combina medición y acción. En educación, la ironía final es sencilla: para transformar de verdad, primero hay que saber qué no está funcionando. Por lo pronto, el reto educativo se vislumbra complicado si lo que se busca es adoctrinar en lugar de formar, sin duda, la mejor recomendación en la materia es acompañar a los más pequeños para formar ciudadanía. Al tiempo.