Hace días, estuvimos con amigos en el Hotel Hacienda Jurica, fundada en 1551, a la vera del Camino Real de Tierra Adentro. En la antigua capilla, apreciamos la enorme cruz de la Pasión, que representa al Cristianismo, y las imágenes de la Luna y el Sol, como símbolos de la cosmovisión prehispánica. Estas esculturas de piedra, adosadas a la pared principal, detrás del presbiterio, son obra de José Chávez Morado.
El maestro se apropió de mi memoria: su fuerte presencia, su talento innegable, una vida de lucha y creación.
Chávez Morado nació en Silao, Guanajuato, el 4 de enero de 1909. Su destino era de comerciante, como sus padres, que tenían una pequeña tienda de abarrotes, en cuyo mostrador el pequeño artista dibujaba retratos de los clientes. En 1925, cuando todavía ardían los rescoldos de la Revolución, el muchacho tomó un tren a los Estados Unidos, donde fue jornalero en granjas. Viajó hasta Alaska, donde consiguió empleo en la pesca e industria del salmón. Acuciado por el frío que le taladraba los huesos, regresó a Los Ángeles, donde tomó clases en la Chouinard School of Arts a cambio de trabajar como intendente. La familia le rogó que regresara a Silao, lo que ocurrió en 1930, para bien del arte mexicano. De ahí se trasladó a la Ciudad de México, donde estudió en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Nacional.
Fue caricaturista y pintor de caballete, formó un dúo de artistas con su hermano Tomás, con quien realizó la escultura llamada “El Paraguas” en el Museo Nacional de Antropología, y una serie de estelas, en forma de cabezas de águila, para conmemorar 150 años del movimiento de Independencia.
Chávez Morado, quien adoptó el comunismo como su ideología, puso en cada obra el corazón y la mente. Formó parte de la tercera generación de la Escuela Mexicana de Pintura, con Juan O’Gorman, Raúl Anguiano y Alfredo Zalce. Su carrera como funcionario público es larga y abundante. Ganó cada centavo con su trabajo; tuvo un papel esencial en la creación de planes y programas para fortalecer los museos del INAH y de otras instituciones, siempre con la mira de llevar el arte al pueblo. Fue profesor en La Esmeralda, dirigió la Escuela de Diseño y Artesanías del INBAL.
Olga Kostakowsky, su mujer, nació en Leipzig, Alemania, y se nacionalizó mexicana. Fue pintora, promotora cultural y coleccionista. Ambos dejaron su casa, sus objetos de arte y todo su legado para el pueblo de México. Fueron congruentes con su pensamiento político y su lucha social.
En 1989, con cuatro artistas y promotoras del arte, recorrimos Guanajuato. Ya teníamos cita con el maestro, el último representante de los grandes muralistas, un eslabón de la férrea cadena que unía nuestro presente con el pasado, con pintores que alcanzaron proporciones de leyenda, como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco.
Cuando llegamos a su casa, el gigante de la pintura estaba postrado en cama. El hierro de aquel eslabón presentaba signos de la edad y perdía fuerza vital. De un tripié colgaba una botella de suero. Un caballete sostenía un lienzo cuya obra comenzaba a mostrar sus colores. Pinceles, tubos de óleo y libros de arte daban vida al cuarto de enfermo. La cuidadora nos anunció: “Maestro, aquí están las señoras que vienen a verlo”. El hombre preguntó: “¿Y están bonitas? Si no, ni caso tiene”.
Por suerte, pasamos la prueba. Gozamos un rato inolvidable con José Chávez Morado.

