La gente de campo tiene el privilegio de vivir momentos como éste: cuelgan su balde de una soga que dejan caer al pozo. En el suelo, el pozo tiene un brocal de piedra, que es un cilindro abierto en sus dos extremos. El superior mira al cielo, el inferior se adentra en un túnel que atraviesa varias capas del subsuelo hasta llegar al nivel del manto freático.
Una de mis memorias más antiguas es una niña que se asoma al pozo. El espejo del agua refleja la luz exterior. La chiquilla, sostenida por su padre, puede ver al fondo su propia imagen en la superficie. La reserva de agua está cercana a la tierra, las familias tienen sus necesidades satisfechas. La vida es buena.
A lo largo de los siglos, el pozo ha significado la vida del espíritu. Dejar caer la cubeta de las emociones hasta el espejo del agua es un proceso de purificación, una búsqueda interior que se colma cuando el recipiente está lleno, sube de nuevo a la vida diaria, nos limpia y nos ayuda a estar sanos de cuerpo y alma.
Mi pozo actual es el internet. Hace días, mi viejo correo electrónico de Hotmail alcanzó el límite de mensajes almacenados. Lo abrí en 1999, a lo largo de los años lo usé como correo de trabajo, mezclando la comunicación laboral con saludos de amigos y familia, invitaciones y fotografías.
No tuve más remedio que hurgar en mis archivos de correo electrónico para escoger cuáles conservar y cuáles tirar a la basura. Entre mensajes del banco y ofertas de ropa, estaba un recordatorio para comer con Zoila y Pancho, en su casa de Amealco, donde nos esperaban con los frutos de su invernadero, su cariño y su conversación profunda. Los dos Armandos me mandaron a lo largo de los años fotos de la pintura de uno y los pensamientos del otro, un caballero de antigua armadura. Chepo me compartía poemas taurinos y los logros de la fundación Josefa Vergara, donde viven cientos de niños cuyas familias enfrentan retos que amedrentan a los cobardes. Roberto, con esa manera suya, suave y amable, me pedía de favor que reenviara sus carteles digitales para anunciar cursos y talleres de escritura.
Eran cientos de correos. Leerlos de nuevo fue revivir la creación de una galería de arte, la edición de un libro, el brindis de una exposición, la convocatoria de un concurso, una lectura de poemas. Andrés, el cronista, se apresuró a escribir cientos de folios como si presintiera el futuro. Revisamos su último prólogo para un libro que se publicó unos días después de su ausencia. Ramón, el editor, me enviaba invitaciones para eventos de escritores a los que no pude ir, por más deseos que tuviera. Alejandro, con su pasión por la ecología, seleccionaba artículos de revistas para hacernos comprender lo importante.
Maricarmen, siempre atenta a las necesidades ajenas, hacía gestiones para ayudar al museo que yo dirigía. No pude agradecer lo suficiente todo lo que ella hizo.
Estos amigos han partido a otra dimensión; sus correos llenan mi buzón electrónico. Quiero decir que los extraño, que sus voces resuenan en la mente, que lamento tanto su muerte como agradezco su legado.
He pasado días lanzando mi cubo al fondo del pozo. Subir la soga provoca nostalgia dulce. Los mensajes de mis amigos son agua clara, que limpia el alma y toca música para el corazón.