A inicios del 2006, el calendario del Museo de Arte de Querétaro tenía definida la fecha de la exposición de Leonora Carrington y sus hijos, Gabriel y Pablo Weisz. Durante los meses anteriores, el equipo de museografía trabajó con inusual entusiasmo para asegurar que la experiencia de recorrer las salas dejara una huella en el visitante. Se repartieron mil invitaciones.
Tendríamos a la artista viva más representativa del movimiento surrealista. Carrington fue una niña aristócrata, nacida en Lancashire, Inglaterra, en 1917. Pasó la niñez en mansiones y castillos, con jardines y bosques que ella convirtió en temas para su paleta, plasmando sus vivencias en obras como Green Tea. Tenía nueve años cuando su familia la internó en el convento del Santo Sepulcro, donde estuvo encarcelado Oscar Wilde. Con su imaginación desbordante, sensibilidad fuera de serie y rápidos procesos de pensamiento, la pequeña asistió a charlas ofrecidas por los jesuitas de Stonyhurst. Al mismo tiempo, tuvo un interés genuino por la mitología celta, que conoció de labios de su abuela. Describía con claridad sus visiones y experiencias con espíritus y fantasmas, así como contactos con gnomos, duendes y gigantes.
La pintora y escultora, creadora de universos oníricos, tenía 89 años cuando se montó su exposición en Querétaro. Buscar el mejor hotel para ella, sus hijos e invitados, fue una tarea importante. Viajarían con personas de apoyo y amistades cercanas.
Dos meses antes, quise reservar habitaciones. No hubo manera. En esos días, se celebraría el Torneo de la Amistad de la Red de Colegios Semper Altius, con miles de niños y adolescentes que llegarían de todo el país y del extranjero. Los organizadores habían reservado y pagado el hospedaje para padres de familia, profesores, entrenadores y el personal que trabaja en estos encuentros deportivos. Estaban saturados los hoteles de categoría especial y de todas las estrellas, de Querétaro, Celaya, San Juan del Río, San Miguel de Allende y puntos intermedios.
Leonora no pudo dormir aquí. Nuestro mayor logro fue que tomara un té en un salón de La Casa de la Marquesa, para entrevistas de prensa. Después de la inauguración, su familia e invitados regresaron a la Ciudad de México.
El espíritu de Leonora se quedó en nuestra ciudad. Con los años, la Secretaría de Cultura gestionó una exposición de esculturas al pie del Acueducto; su pieza “La inventora del atole” fue donada por un filántropo y se encuentra en la recepción del Museo de Arte.
Conocer a los artistas puede ser una vivencia que estremece y se aloja en el alma. No miras a una viejita cuyo rostro parece un mapa de arrugas marcadas por los años, las guerras, los exilios, la búsqueda de respuestas a las más arcanas preguntas de la existencia. Estás frente a la grandeza, la fuerza creativa, la trascendencia. Carrington fue una mujer fuera de serie, un talento marcado por la magia de los sueños, una artista que convirtió sus dolores en personajes a través del color que empapaba su pincel.
























