Aquella tarde del 19 de septiembre de 1985, cuando Eduardo y yo íbamos a casa, varias pantallas de televisión de una tienda de Harvard Square proyectaban imágenes del Centro Histórico de la Ciudad de México, devastada por un terremoto de 8.1 grados.
Las emociones nos desbordaron. No supimos detalles de la magnitud de los daños hasta que llegamos a casa y pudimos hablar por teléfono a nuestras familias. No había teléfonos celulares. Varios amigos mexicanos comenzaron a crear una red de comunicación y apoyo para canalizar la ayuda que organismos e instituciones ofrecieron al Consulado Mexicano en Boston al día siguiente.
El cónsul, Enrique Michel, nos reunió para darnos información oficial sobre los trabajos de búsqueda de víctimas y apoyo a las familias que se quedaron en minutos sin hogar, negocios o escuelas.
Día tras día, supimos sobre la actitud del gobierno federal, que minimizó las consecuencias del temblor. Por otra parte, estaba la acción inmediata y benéfica de la sociedad civil, que se organizó por su cuenta para realizar obras de rescate y reconstrucción.
Yo era periodista independiente y dirigía una revista; Michel me llamó a sus oficinas para pedirme que encabezara un comité que vinculara a los mexicanos residentes en la zona con organismos que ofrecían ayuda.
Conocí a José Sarukhán Kermez, hijo de emigrantes de Turquía y Armenia, que habían huido del genocidio y fueron acogidos por nuestro país. Sarukhán, biólogo de profesión, tenía una larga carrera como profesor en la UNAM; había recibido el premio de investigación de la Academia Mexicana de las Ciencias en 1980. La UNAM lo designó en septiembre de 1985 para firmar un convenio con la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard con el fin de crear un hospital de emergencia para atender a las víctimas del terremoto.
Estar en esas reuniones con Sarukhán y profesores de Harvard fue una lección de vida. A veces, uno tiene el privilegio de ser testigo de algo grande, y su papel es callar y atesorar la enseñanza.
Asistí a la rueda de prensa que la Embajada de México convocó a través del consulado para ofrecer información a los medios electrónicos y la prensa. La sede fue la elegante sala de un hotel de cinco estrellas. Los periodistas entraron a tiempo, hicieron preguntas y entrevistas mientras los fotógrafos activaban los flashes de sus cámaras. A un lado, había una mesa larga con mantel y arreglos de flores, con platos de bocadillos, salados y dulces. Salmón, camarones, paté y frutas, pasteles diminutos y bebidas.
Nadie tocó esas delicias. Si acaso, alguien tomó agua o café. Al terminar la sesión, todo mundo regresó a sus redacciones.
El evento había sido pagado por nuestro país, aunque los periodistas tenían poco tiempo para comer o convivir. Regresé a casa pensando en las tareas que me esperaban. Y en la comida que se desperdició. En ese contexto, era una pérdida insignificante. Pero a la distancia, muchos de nuestros paisanos lo habían perdido casi todo.