La vida de Restituto Rodríguez daría material para una buena película de arte, por las obras que el maestro creó, cada una de las cuales lleva un mensaje críptico, una iconografía sujeta a la mentalidad del espectador, que puede interpretar cada elemento según su visión.
Fue un hombre inteligente y talentoso. Una de sus virtudes fue la sencillez con que habitó este mundo. Pudo haber sucumbido al canto de las sirenas que le invitaban a dedicar su técnica a los paisajes, bodegones o retratos. Decidió que su pincel sería libre, para dar forma a personajes y elementos que aparecían en su mente reclamando un lugar en su tela.
Nuestro amigo era hijo de Restituto Rodríguez Hoyos, nacido en San Martín de Hoyos, un pueblito encaramado en una montaña de Santander. Ese hombre llegó al mundo a finales del siglo XIX y emigró, como tantos europeos, acuciado por la necesidad. Llegó en 1901 a Veracruz. Arribó a San Juan del Río, donde se prendó de la joven Concepción Camacho Ruiz, con quien formó una familia con dos niños: Restituto y Guadalupe, quienes vivieron en esas calles hasta el fin de sus días.
Antes de ser pintor estudió contabilidad. Una grave enfermedad de su padre le hizo volver al pueblo. Fue empleado de la Secretaría de Recursos Hidráulicos. Sin embargo, su imaginación no tenía límites; aprovechaba los viajes a la capital para ver teatro, comprar libros para su mente y colmar su mirada con obras de arte.
Pasaron las décadas y su hijo Álvaro le regaló un viaje a Europa que abarcó Santander. El pueblo de los antepasados conserva construcciones medievales. El pintor quiso conocer la pequeña escuela. En la fachada, una placa de bronce contenía una leyenda que reconocía la ayuda, enviada por don Restituto Rodríguez Hoyos desde México, para la reconstrucción de ese plantel.
Álvaro sabía que parientes cercanos vivían en aquella población de cielos grises. Llegaron al pueblo, preguntaron a las personas. Por fin llegaron a casa de los Rodríguez, su familia de origen. A los abrazos siguieron las respuestas a preguntas que uno se hace desde siempre: ¿cómo eran los abuelos? ¿En qué trabajaban? ¿A qué santo se encomendaban?
El maestro lloraba al sentir los brazos de los jóvenes en sus hombros. Le pidieron que no lo hiciera. El pintor mexicano se defendía: “Déjenme llorar... tengo toda la vida esperando este momento”.
De regreso a casa nos contó el viaje. Lo que sintió al ver a la Gioconda. Las calles de París. En su garganta, el viejo nudo de la nostalgia aparecía para cortar sus palabras. Daba otro sorbo a su tequila y regresaba a la tierra de sus ancestros, al paisaje áspero del norte de España que había visto nacer a un niño que después migró a un país lejano. Un padre que le otorgó su nombre y cuyo rostro fue pintado sin ojos por el artista, porque tenía la mirada en el corazón, buscando la imagen de su pueblo en el paisaje de las emociones.