Araceli Ardón

Pequeños purgatorios

Dejar tu ciudad, decir adiós a tu calle para volar a otro estado, comenzar de nuevo en otro país, pueden dejar el corazón hecho trizas

24/04/2023 |07:21Araceli Ardón |
Redacción Querétaro
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“Dile adiós al desastre. / Saluda de mano a lo desconocido, / a lo que queda de nosotros después de habernos hecho trizas / y regresado a nuestro futuro, / desnudos, pequeños / cosidos de nuevo, cicatriz a cicatriz”, dice un poema de Dorianne Laux. Sus palabras nos ayudan a comprender lo que debemos enfrentar para salir del desastre, superar la enfermedad, el desempleo o las pérdidas de seres queridos.

Hay épocas en el calendario que son un purgatorio: salir a la calle es transitar un camino de piedras que hieren las plantas de los pies. O al contrario: llegar a casa es entrar al reino del rencor y los gritos. Para algunos, el aire del hogar está envenenado y el silencio ahoga toda conversación.

Para muchos, el barrio donde viven es un espacio seguro, que les libera del sinsabor que les ha dejado un mal día en el trabajo, el lugar donde cada quien se gane el derecho de comer, vestir y llevar una tarjeta de plástico en el bolsillo.

No podemos evitarlo: hay pequeños purgatorios en nuestro día. Inicias un trámite con alguna oficina pública. Pides permiso en el trabajo, gastas un día de vacaciones, tomas un par de autobuses. Llevas todos tus papeles en la mano. La mujer que atiende la ventanilla, por razones que sólo ella conoce, rechaza tu gestión. No aceptas el rechazo e insistes: tus documentos están en regla. Ella dice que falta un sello, que la fecha de expedición está vencida, que necesita otra prueba de que existes, porque el acta de nacimiento, la credencial para votar y todo lo que llevas, son insuficientes.

Quizá tú no eres quien crees que eres. La empleada tiene prisa para concluir contigo y tomar otro descanso, volver a sus mensajes personales, a los chistes que comparte con sus amigas.

Tu hijo ha estudiado con tesón y disciplina por muchos años. Ya tiene el título universitario y busca la beca del posgrado.

Sus desvelos y dedicación, convertidos en papeles, están en la mano de un empleado cansado de rumiar sus propias frustraciones. El tipo decide, sin revisar el reglamento, que no puede aceptar la solicitud. Tu hijo regresa a casa con la rabia atravesada en el pecho, convertida en un nudo que le aprieta la garganta.

Así ocurre con el proceso de licitación para que te otorguen un contrato. Después, con el contrato firmado, para que inicie el proceso y comiences a trabajar. Más tarde, será perseguir los pagos, porque en la cuenta de tu pequeña empresa no aparecen los depósitos prometidos.

Dejar tu ciudad, decir adiós a tu calle para volar a otro estado, comenzar de nuevo en otro país, pueden dejar el corazón hecho trizas. Las cicatrices de las que habla el poema tienen forma de trámite burocrático.

Dante describe el purgatorio en la segunda parte de La divina comedia. Se divide en siete giros para expiar la pena debida por los pecados capitales: soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria. El purgatorio es una montaña que el alma tiene que escalar para lograr la reflexión y el arrepentimiento. A veces, el muchacho que busca la beca y tiene sus documentos en regla se convierte en instrumento para que el burócrata acumule culpas, sobre todo las derivadas de la soberbia y la envidia. Deseo con todas mis fuerzas que el joven consiga la beca y que el empleado tarde mil años en subir la montaña.

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