Araceli Ardón

¡Pégale, haz que le duela, luego búrlate!

El acosador, al llegar a la edad adulta, sigue abusando de otros y siente placer al acumular fortuna o creer que su vida vale más que la de sus empleados.

10/04/2023 |09:06Araceli Ardón |
Redacción Querétaro
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El acoso escolar actúa como una poderosa voz interior que le ordena a un niño golpear a otros y provocar su llanto. La recompensa de estas acciones es ver a los demás heridos, con reacciones de retraimiento, silencio, anulación de sí mismos. Entonces, el bully se jacta de su liderazgo, se siente fuerte. Es el rey de un reino intangible pero tan real como una empresa. El acosador, al llegar a la edad adulta, sigue abusando de otros y siente placer al acumular fortuna, pertenecer a clubes exclusivos o creer que su vida vale más que la de sus empleados o las personas de servicio: desde el taxista hasta el mesero.

Hay víctimas del acoso escolar que optan por quedarse en un rincón a leer libros, como hizo Irene Vallejo, genial filóloga española que ha analizado en forma pública el maltrato que le provocaron sus compañeros de salón. Por fortuna, ella supo transformar las consecuencias de esas acciones en riqueza de conocimientos, colmando su mente de belleza.

Los psicólogos, neurocientíficos y educadores de nuestro tiempo coinciden en que el origen de esta aberración es la huella de abandono emocional que sufrieron los acosadores en la infancia, en forma de humillación, castigos, golpes, chantajes y gritos de los padres y familiares, quienes se valieron del hecho de que un niño pequeño no se puede defender de los adultos con las mismas armas.

De manera natural, los niños aman a sus padres. De ellos depende su vida: alimentación, vivienda, ropa, educación formal, regalos, su formación integral, el sentido de pertenencia a un grupo fundamental, la cultura, el nivel social y económico.

Muchos adultos torturadores vivieron la infancia siendo víctimas de la tortura ejercida por sus familiares, en una espiral que no tiene fin. Cuando los niños viven con miedo a su familia, su barrio, su escuela, en ninguna parte tienen un respiro. No sienten seguridad ni gozan los placeres simples: jugar, cumplir con una tarea, correr en el parque, volar un papalote, columpiarse bajo la fronda de un árbol.

Si los niños sufren el rechazo emocional o los golpes físicos, la burla de sus hermanos, incluso el freno a su desarrollo, a veces responden provocando dolor a los compañeros más débiles, los que exhiben una desventaja: el que tiene sobrepeso o un tono de piel más oscuro; incluso afectan a los de mente brillante, los que aprenden mejor, los que prefieren la lectura a los juegos rudos, los que tienen buena memoria o reflexionan de manera más profunda.

Los mecanismos de defensa han sido analizados desde el inicio del psicoanálisis definido por Sigmund Freud y en la época actual por expertos en la conducta humana como Nancy McWilliams. Son acciones formuladas por el inconsciente y tienen la función de proteger a la persona, evitando sentimientos de ansiedad, depresión o herida en la autoestima. Si el individuo permitiera que esas emociones surgieran a flor de piel, es decir, a la conciencia, se daría cuenta del daño que le han hecho y sufriría. Por ello, ejerce su venganza en quienes no tienen culpa.

La escala de valores de la sociedad actual crea verdugos. Cuando ocurren las tragedias, muchas voces culpan a las escuelas o al sistema político. Los verdaderos responsables se declaran indignados y se esconden tras las puertas de su casa.

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