Recordarte, amigo querido, es dejar fluir las emociones contenidas en las palabras que salían de tus labios para quedarse en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de estar en tu estudio, tu patio de esculturas, tus exposiciones.

Los colores en tu pintura son notas musicales que se persiguen en un pentagrama imaginario, se elevan en acordes, siguen un ritmo que surgió de tu brazo y se acunó en las maderas preciosas de tu violín. Antes de ser artista plástico fuiste músico: un adolescente con los oídos abiertos, buscando nuevas notas para tu repertorio.

Tus padres llegaron a México en la década de 1920; eran judíos que huían de la persecución. Jóvenes y pobres, sin hablar español. Chanel Nierman, de Lituania, fue supervisor de autobuses; Clara Mendelejis, de Ucrania, fue cajera de una panadería. Su único hijo, “el otro Leonardo”, como tu mamá se refería a ti, nació el 1 de noviembre de 1932.

Estudiaste la preparatoria en San Ildefonso. Tenías quince años, te indignaba que los vándalos hubieran dañado un mural de Orozco. En la UNAM, estudiaste la licenciatura en Administración, para ser alguien en la vida. Sin embargo, tu corazón se decantaba por la música.

Querías ser violinista y tocar con las más importantes orquestas del mundo. Llegaste a dar un recital en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Un hombre te ofreció grabar la pieza: la Sinfonía española, de Édouard Lalo. Al salir del recinto, embriagado con el placer del éxito, con los ángeles cuidando tus espaldas, llegaste a casa y quisiste prolongar el hechizo. Pusiste el disco recién grabado. “Fue un tanto desconcertante lo que yo escuchaba. Primero pensé que el aparato del señor estaba descompuesto. Después cometí otro error grave: busqué otra grabación de la misma obra, tocada por Yehudi Menuhin, y entonces vino la devastadora comparación. En ese momento lo único que se me ocurrió fue abrir el estuche del violín y darle un beso de despedida. Nunca más”.

Lloraste tres días con sus noches.

Toda tu vida fuiste melómano. Viajabas a tierras lejanas para escuchar un concierto. Atesorabas arpegios, acordes y escalas aprendidas en largas noches de estudio para convertirlas en color y pintar pájaros de fuego, aves que trinan en la mente de quien tiene el placer de ver tu obra mientras su espíritu se eleva con la parvada. Llevaste el cromatismo desde la paleta de madera hasta los hilos de un tapiz. Hiciste del acero inoxidable un material plástico, una llama que se eleva para iluminar el cielo y reflejar los muros de un convento barroco.

En largas sobremesas, te dedicabas a dibujar en los platos de los restaurantes con bolígrafo de gel. Una vez, tomaste un cenicero y creaste un personaje. El mesero estaba a punto de llevarse el objeto a la cocina para diluir la imagen bajo el chorro del agua. Mi marido pagó el cenicero y te pidió tu firma. Es una de nuestras piezas más amadas.

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